Hace tiempo quería escribir sobre este tema y Augusto Alvarez Rodrich hace pocos días, hizo una referencia en su columna de La República. La palabra pendejo tiene varias connotaciones, dependiendo del país donde te encuentres; es una palabra tan contradictoria que puede alabar a un astuto o a un tonto. En el caso peruano, busca calificar al astuto, al que sabe encontrar una solución de bajo perfil o bajo la mesa a una situación o tema para salir airoso o “pasar piola” como se dice criollamente.
Somos pendejos al llegar tarde al trabajo o a una cita e inventar mil excusas, al incumplir una palabra dada, al decir “me quedé seco” y con eso justificar cualquier irresponsabilidad, cuando aumento un precio o no doy factura, cuando cumplo (o incumplo) mi trabajo sólo para justificar, hay miles de ejemplos y situaciones y, en el campo de la política, la pendejada parece un pulpo de mil tentáculos.
Mal ejemplo para nuestros niños, niñas y adolescentes.
Lo terrible es que parece que hemos convertido “el ser pendejo” en un deporte nacional, fenómeno extraño porque en casi todos los deportes nos va mal –menos en nuestros orgullos de maratones y carreras, donde sí cosechamos triunfos notables-y que de tener tanta gente pendeja, entonces ya somos una Pendejocracia.
A ver si encontramos la fórmula para revertir esta lamentable situación. Que la clase política deje la pendejada, a ver si así la sociedad también lo hace; mejor aún: dejemos todas y todos la pendejada y pensemos en el Perú con “P” mayúscula.