Sartori nos ha repetido hasta el hartazgo que los partidos políticos constituyen el elemento clave e imprescindible de una sociedad democrática, llegando a concluir que sin partidos políticos no puede haber democracia.
Sin embargo, muchos han querido desmitificar la idea y enarbolan una saludable duda respecto si efectivamente es factible concebir una democracia sin partidos. En principio digamos que la respuesta sería sí, pues históricamente han existido sociedades democráticas sin partidos y los atenienses en los albores de la historia nos dan la razón. Abonaría a ello agregar que no es recién hasta principios del siglo XIX que nacen los partidos políticos.
Cabría argumentar en el plano teórico que siendo la democracia una forma de gobierno que se basa en el concepto de ciudadanía, sus integrantes bien podrían determinar que los partidos no son necesarios y por tanto se podría prescindir de ellos.
No obstante lo dicho, resulta utópico pensar en la posibilidad de hablar de democracia y excluir de su entorno a los partidos, por tanto, los partidos son, querámoslo o no, un participante sin el cual no podemos hablar del juego democrático. Una sociedad sin partidos sería quizás una sociedad autócrata, plutócrata o quizás gremialista, donde los intereses individuales o de una minoría primarían sobre el interés colectivo.
Y si hablamos de juego, les propongo uno. Imaginémonos que usted es el entrenador de un equipo y sus jugadores, no entrenan, no se esfuerzan en la cancha, no cumplen con sus indicaciones, en fin, no hacen lo que debe hacer. ¿Qué haría?, ¿Los cambiaría?, ¿Los excluiría del equipo? Si extrapolamos el ejemplo y lo trasladamos a los partidos políticos, debemos aceptar que éstos tampoco, metafóricamente hablando, cumplen en la cancha con su rol, pues no se comportan como partidos cuando no actúan como deberían hacerlo: no canalizan las necesidades ciudadanas, no tienen procesos democráticos para renovar a sus autoridades, eligen a dedo a sus candidatos, aparecen solo con cada elección y para concluir, digamos que no son queridos, pues la tribuna los pifia siendo evidente que la afición no los quiere. ¿Qué haría usted?, ¿Los cambiaría?, ¿Los excluiría?, ¿Por qué mantenerlos?
Lamentablemente pese a nuestros esfuerzos debemos rendirnos ante la afirmación sartoriana y debemos concluir que no podemos prescindir de los partidos y que por tanto no podemos hablar de democracia si éstos no juegan el partido…sin embargo, con vistas a la campaña electoral que vivimos me asalta la duda filosófica y me pregunto si realmente tenemos partidos políticos o son éstos simples fantasmas que se benefician del envidiable monopolio de las candidaturas.
Solo si admitimos como cierto lo último, habremos desmitificado, al fin, las idas sartorianas.