Fernando Rodríguez Patrón
Ahora que estamos a poco menos de un mes para la convocatoria de las Elecciones Generales del próximo año y con ello se dará inicio al período denominado intangibilidad normativa, es decir, el lapso durante el cual se prohíbe la modificación de las reglas electorales, debería generarse un espacio de reflexión que nos invite a analizar si las bondades y defectos de nuestro sistema electoral deben ser revisados con vistas a futuros procesos electorales.
En términos muy sencillos, un sistema electoral puede ser entendido como el conjunto de reglas que establecen cómo se llevarán a cabo unas elecciones y cómo se determinan sus resultados, en otras palabras, como se transformarán los votos en escaños.
Dicho esto, debo señalar que he sido testigo como desde distintos sectores se ha enarbolado en repetidas oportunidades la necesidad de llevar a cabo una reforma electoral y como en la mayoría de veces estos proyectos, lamentablemente, fueron archivados cuando no desnaturalizados, dando origen a la contrarreforma, otros que se aprobaron para favorecer únicamente a determinados grupos políticos u otros cuyo impacto fue mínimo; sin embargo, en realidad nunca se ha discutido nuestro sistema electoral, pese a que sus consecuencias las venimos sufriendo. Somo de la opinión que cualquier reforma electoral de fondo debe empezar por la revisión de nuestro sistema electoral.
Siendo esto así, conviene recordar que dentro las categorías de los sistemas electorales, encontramos el denominado sistema de mayorías, el cual premia al partido vencedor en la contienda electoral independientemente del porcentaje de votos obtenidos, es decir, no se requiere del 50% más uno del total de votos para ganar una elección. Este sistema tiende a generar condiciones para el desarrollo del bipartidismo y coaliciones políticas en su interior, el esquema clásico es de un partido o coalición de partidos en el gobierno y otro grupo opositor.
Se pondera de estos sistemas que propician la alternancia en el poder y que los partidos son de amplia base, lo que les permite abarcar varios segmentos de la sociedad. También se señala en su favor que tienden a desalentar la existencia de partidos radicales y extremistas. Sin embargo, desde otra perspectiva, se les critica que pueden generar un alto nivel de polarización en sociedades que no tienen nivel democrático, además, que no ofrece garantías de representación pues tiende a eliminar a los partidos pequeños y con ello se excluye la representación de grupos minoritarios.
Frente a los sistemas de mayorías, surgen los sistemas de representación proporcional, aplicados en varios países entre los cuales se encuentra el Perú. Estos sistemas tienen a generar condiciones para el florecimiento del pluripartidismo, el cual permite que diversas posturas políticas e ideológicas encuentren eco en alguna organización política. Se argumenta en su favor que estos sistemas permiten a los partidos pequeños acceder a una pequeña cuota de poder, por tanto, se le considera más democrático al satisfacer a un número mayor de electores y no solo a quienes votaron a ganador; no obstante, se le critica el alto número de partidos políticos, la fragmentación de poder que esto genera y con ello el efecto desestabilizador del sistema político y afectación de los niveles de gobernabilidad. Nuestra realidad política no es coincidencia sino consecuencia de nuestro sistema electoral.
De otro lado, para la decantación por algún un sistema electoral, debe tenerse en cuenta el sistema de partidos, es decir, las normas que regulan la competencia entre éstos. Bajo esta arista, resulta evidente que será poco probable que dentro de un sistema proporcional y pluripartidista como el nuestro, los partidos propongan cambios que los limiten y opten por transitar hacia un sistema de mayorías que los reducirían numéricamente; de igual modo, bajo un sistema de mayorías resulta difícil que imaginar que dos partidos que normalmente se alternan en el poder establezcan normas que permitan la proliferación de más partidos.
Evidentemente, pasar de un sistema de representación a uno de mayorías y viceversa no es fácil, pero tampoco imposible; además debo precisar que más allá proponer se ponga sobre la mesa de discusión un tema que ha sido permanentemente postergado, no pretendo afirmar que algún sistema sea per se mejor que el otro, además cada sistema admite matices y variables, por tanto, cada país tiene que adoptar el que más le convenga, y para ello, es necesario que previamente examine el nivel de madurez democrática que tiene y, por su puesto, que exista una real voluntad política para aprobar las medidas conducentes al fortalecimiento del sistema electoral y el sistema de partidos, lo que sí no podemos es obviar en su discusión.