Punto de Encuentro

De religiones y estados laicos: La ironía proscrita

Los cuestionamientos al radicalismo religioso es una constante histórica.  Desde las denominadas “Cruzadas cristianas” realizadas entre los años 1096 y 1270 hasta el llamado “yihad”, los fundamentos religiosos, han  justificado  guerras y enfrentamientos entre grupos humanos, con violencia e intolerancia,  originando confrontaciones ideológicas, fundadas en un mandato divino, “la voluntad de Dios” que ordena destruir todo lo contrario a la fe, a desterrar del “reino prometido” a herejes e infieles convirtiendo a creyentes en asesinos, haciéndoles creer que son “mártires de la guerra santa”.

Las religiones han sufrido el fenómeno de “occidentalización” influenciado por el avance científico y tecnológico, desarrollando mecanismos de resistencia a la renovación de las creencias, llegando a insertarse en el ámbito político buscando subsistir frente al proceso integracionista que  viven los países, sobretodo de Europa Occidental.

Esta realidad se afinca en Estados que han proclamado su laicidad constitucional y que vienen luchando contra la imposición del Fundamentalismo Islámico que busca remover las bases de organización político social a través de sus diversas manifestaciones como los tradicionalistas, los islamistas y los neo fundamentalistas.  Los últimos atentados ocurridos en Francia nos ha hecho recordar que es el país que más sufre la amenaza yihadista, frente a lo cual su gobierno  ha emprendido una política férrea en seguridad nacional en favor de la protección de las libertades basadas en  su principio de separación entre la Iglesia y el Estado establecido por ley desde 1905.

La laicidad en Francia reposa sobre 3 valores indisociables: la libertad de conciencia, la igualdad en derechos de opción espiritual y religiosa y neutralidad de poder político; de otro lado constitucionalmente se rige en base a los principios de neutralidad del Estado, libertad religiosa y respeto del pluralismo.  La explicación del por qué la República no reconoce ningún culto, descansa sobre un principio político: la religión no determina el ámbito público, más sí la esfera privada sujeta a la libertad de las personas.

La manifestación concreta de la laicidad en el ámbito público se rige  bajo normas como la prohibición del uso de signos y de simbologías religiosas, asociado a criterios de imparcialidad en el ejercicio de las funciones, lo cual muchas veces ha hecho sentir su conflictividad con la libertad de conciencia y religiosa tal como lo hemos podido apreciar en la sentencia del Tribunal Europeo respecto a la prohibición del uso de la burka que respalda la ley francesa que rige hace más de 3 años, siendo el razonamiento del Tribunal, proteger el interés superior de convivencia “por tanto, el derecho de los otros, no portadores del velo, a no ver menoscabada esa vida en común se impone frente a las que defienden velos que ocultan el rostro” , rechazando los siempre invocados argumentos en favor de la seguridad.

Hoy en día, la laicidad en Francia encuentra su punto de quiebre en el nacimiento de este nuevo Islam radicalizado avivado aún más desde que Francia forma parte de la guerra de Irak contra el Estado Islámico integrando la coalición anti IS, resurgiendo las tensiones sociales y las diferencias culturales y religiosas.

Pero no hay que confundir, la religión musulmana con el extremismo terrorista, el Presidente francés Francois Hollande, lo ha reconocido así en más de una oportunidad,  al ser el país europeo con la comunidad más numerosa de musulmanes (5 millones)  y judíos (600 000). Sin embargo, tampoco podemos perder de vista algunas causas condicionantes de este enfrentamiento ideológico como son la islamofobia y la exclusión que lleva a los jóvenes musulmanes a la radicalización, como bien lo explica Olivier Roy, especialista en Islam, en sus diferentes columnas de opinión del diario “El País”: “el problema principal es el islam, porque coloca la lealtad a la comunidad de creyentes por encima de la lealtad a la nación. No acepta críticas, no cede en materia de normas y valores, y justifica ciertos tipos de violencia como la yihad” puntualizó en su columna “Una comunidad imaginaria” refiriéndose a este “nuevo Islam” (Caso SAS v. Francia, 27 de noviembre 2013).

El discurso terrorista hace ceder a los jóvenes musulmanes que no acceden a los servicios básicos, haciéndoles creer que la sectarización discriminatoria se debe a su superioridad, siendo parte de este discurso de odio, calificar a la sociedad francesa como “ una sociedad enferma por su carencia de valores, xenófoba y racista”.

Lo que sigue es la respuesta masiva de ataque del gobierno francés en territorio sirio y defensa de la “soberanía”,  en tanto queda pendiente para el debate, la solución real ante la presencia de una comunidad multicultural arraigada siglos atrás y que hoy se mueve entre la intolerancia, el fanatismo, la pretendida imposición de un califato, y trabas sociales con creciente desigualdad, y que ante el terrorismo, pagan el costo de la estigmatización y la discriminación.

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