Fuimos a lo más profundo de San Ignacio, la décimo tercera provincia de Cajamarca que debería ser la primera, por las razones que la cruda e incontrastable realidad nos iba fundamentando allí en los caseríos y centros poblados donde sobreviven nuestros hermanos Awajun y desde donde notificamos su existencia.
Ellos viven sus propios usos y costumbres pero el mundo es común para todos nosotros, lo cual no debe permanecer alejado a sus avances socio-económicos y tecnológicos que mejoran los niveles de vida y superan las lacras sociales que impiden el crecimiento y desarrollo.
Sin embargo, ellos permanecen sin agua potable ni alcantarillado; no tienen luz eléctrica salvo excepciones favorecidas por el programa Electrificación Rural. Están allí alguna que otra posta médica, algunas cerradas y sin funcionamiento, otras viejas y desimplementadas, sin médico ni enfermera, siendo su única opción el único técnico sanitario que los visita dos veces a la semana pero no habla el dialecto del 95% de la población. Sus reclamados derechos están dirigidos a la legítima aspiración de contar con algunos servicios y vida digna. Tomamos nota un hecho palpable y denigrante: para trasladar a un paciente enfermo desde sus comunidades hacia San Ignacio, requiere contar con S/. 1, 200.00 nuevos soles, ante la ausencia de una ambulancia que les permita un trato igual a la de algunos pueblos de la costa o sierra que al menos los hagan sentirse humanos en los últimos días de su enfermedad y agonía.
No conocen al SENASA ni al INIA y en general no saben de la existencia del Ministerio de Agricultura a quien este gobierno sólo ha adicionado el término “Y Riego” como si hubiera una agricultura sin riego. Sus cosechas del exquisito café que producen con tremendo esfuerzo, cuesta hoy la mitad del precio de hace seis meses (S/. 200.00 el quintal), sin un Banco Agrario que al menos les permita warrantear el producto, almacenarlo y esperar obtener un mejor precio cambiando la actual situación que los coloca a las fauces de los comerciantes e intermediarios que hoy se aprovechan de las circunstancias. Tampoco saben de Sierra Exportadora ni otros programas productivos dedicados a la costa y solo escasos lugares de la sierra.
Sus mujeres con grandes dotes de artesanas y tejedoras, no tienen siquiera el mínimo apoyo del estado ni de nadie que les brinde la oportunidad de autogenerarse puestos de trabajo en el arte de tejer y elaborar sus piezas artesanales con motivos y semillas del lugar. Sus hijas, niñas de apenas 12 años ya están gestando, y tienen con sus padres algo en común: el analfabetismo y la desnutrición; Qali VVarma? Qué es eso?
No tienen acceso a Beca 18 porque apenas pueden llegar a la primaria; la secundaria es un sueño inalcanzable y la técnica y universitaria sencillamente imposible. Jamás podrán aspirar a tener un médico Awajun porque además el modelo actual de BECA 18, no ha incluido a la Medicina Humana dentro de las carreras que se ofertan, rebajadas el año 2016 a casi el 30% en todo Cajamarca.
Con satisfacción encontramos uno de los pueblos con luz eléctrica, gracias al programa Electrificación Rural; no así los caseríos y centros poblados más distantes, en el monte, donde esperan cansados la presencia de un estado ausente, obligado por Dios y por la Patria, a atenderlos por el solo hecho de ser peruanos y seres humanos.
Los 300 metros de manguera de pulgada y media que llevamos para trasladar agua de una pequeña fuente hacia terrenos comunales, arrancaron la algarabía de un pueblo agradecido que, a pesar de su triste realidad, guarda la esperanza de alejarla de la actual desidia de un gobierno que ha incumplido con sus compromisos.
El 90-95 % de las poblaciones visitadas hablan sólo su dialecto Awajun; de allí que fuimos acompañados por Apus de la zona y de su enlace de la municipalidad provincial, no designado por el funcionario de turno sino elegido por todos los Apus de la provincia, identificado por sus cualidades y méritos, su experiencia y trabajo, su liderazgo y su inteligencia y para sorpresa y ejemplo, con apenas 28 años de edad.
Gracias a su traducción, recibimos su clamor no tanto por el tradicional reconocimiento de sus usos y costumbres, llevado a foros nacionales e internacionales, sino de su derecho a la propiedad y a través de él, a participar directamente de la riqueza que genera el aprovechamiento de las riquezas y recursos naturales, hoy ajeno al disfrute de las comunidades.
Atender las históricas necesidades sociales y económicas de aquellas comunidades Awajun como todas las comunidades nativas y campesinas, es el gran imperativo de los peruanos moralmente comprometidos a reivindicar a quienes nunca se les encuesta y ante quienes se ha preferido seguir omitiendo su existencia.