Durante décadas, la tecnología hizo al mundo más pequeño: acortó distancias, conectó mercados y permitió que la información atravesara fronteras a una velocidad antes inimaginable. Pero esa misma tecnología está adquiriendo hoy una nueva función: se ha convertido en uno de los principales instrumentos con los que las potencias levantan nuevas barreras y disputan su influencia. El poder de una nación ya no se mide solamente por los territorios que controla o los recursos naturales que posee, sino también por su capacidad para decidir quién accede a las tecnologías que definirán el futuro.
Los semiconductores, los centros de datos, la capacidad de cómputo y la información que alimenta a los sistemas de inteligencia artificial se han convertido en instrumentos de influencia internacional. Quien controla esta infraestructura no solo obtiene una ventaja económica, también puede acelerar su propio desarrollo, limitar el de sus competidores y establecer las condiciones bajo las cuales avanzarán los demás.
La inteligencia artificial llega a nosotros en forma de herramientas aparentemente universales, aplicaciones que cualquiera puede abrir desde el celular o la computadora. Esa facilidad de acceso puede generar una ilusión de igualdad; sin embargo, detrás de ella existe una cadena tecnológica compleja y profundamente concentrada. Todo sistema de IA depende de semiconductores avanzados, capacidad de cómputo, centros de datos, modelos, grandes volúmenes de información y talento especializado. Un reducido grupo de empresas y países controla los eslabones estratégicos de esa cadena.
La magnitud de esta transformación será extraordinaria. ONU Comercio y Desarrollo estima que el mercado mundial de inteligencia artificial alcanzará los 4,8 billones de dólares en 2033. Al día de hoy, aproximadamente quince empresas ya controlan y moldean buena parte del ecosistema global de la IA. La tecnología puede estar al alcance de millones de usuarios, pero el poder para crearla, entrenarla y dirigir su evolución permanece en muy pocas manos.
Los semiconductores muestran con claridad esta realidad. Cinco economías concentran cerca del 90 % de la capacidad mundial para fabricar las obleas sobre las que se producen los chips. Sin estos componentes no es posible entrenar los modelos más avanzados ni procesar las enormes cantidades de información que requieren. Los chips dejaron así de ser simples productos comerciales. Hoy son activos estratégicos capaces de condicionar el desarrollo industrial, militar y tecnológico de otros países.
No es casualidad que los gobiernos subsidien la construcción de fábricas de chips, restrinjan la exportación de procesadores avanzados y comiencen a tratar los centros de datos como infraestructura estratégica. Lo que antes podía parecer una política industrial especializada se ha convertido en un asunto de seguridad nacional y competencia entre potencias.
La inteligencia artificial tampoco existe en una nube abstracta. Los modelos más potentes funcionan en centros de datos equipados con miles de procesadores, sistemas de refrigeración y conexiones permanentes a redes eléctricas. La Agencia Internacional de Energía proyecta que su consumo eléctrico mundial podría superar los 945 teravatios-hora en 2030, más del doble del nivel actual. La carrera por la IA no dependerá únicamente de quién tenga mejores algoritmos, sino también de quién pueda sostener la infraestructura física necesaria para operarlos. La política tecnológica será, inevitablemente, también política energética.
En este nuevo escenario, la división no estará solamente entre los países que utilizan inteligencia artificial y aquellos que no lo hacen. Estará entre quienes controlan los eslabones estratégicos de su cadena de valor, quienes poseen la capacidad de adaptar los modelos a sus intereses y quienes se resignan a consumir soluciones diseñadas y gobernadas por otros.
El Perú no puede conformarse con ser un comprador tardío de herramientas extranjeras. Necesita construir capacidades propias en conectividad, cómputo, gobernanza de datos y, sobre todo, talento humano, y decidir en qué partes de esta nueva cadena de valor puede participar.
Utilizar tecnología no es lo mismo que tener poder tecnológico. En el orden internacional que comienza a formarse, los países que no aprendan a comprender, adaptar y gobernar estas herramientas no quedarán fuera del futuro, entrarán en él, pero bajo las reglas de otros.