El mundo occidental siempre ha visto a la Unión Europea (UE) como paradigma de integración económica y política; a pesar, de que los Estados miembros de la unión históricamente han convivido rodeados de conflictos.
Hoy, ese paradigma se derrumba luego de conocidos los resultados del referendo del 23 de junio, pues el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte ha decidido retirarse del proyecto comunitario, lo cual implica la victoria del euroesceptismo.
Podemos afirmar entonces, al margen de entrar en consideraciones de causa efecto, que la UE afronta su peor crisis; ya que, el apartamiento del Reino Unido representa reducción de la población europea, menor participación del bloque en el comercio internacional, alteración del producto interno bruto, entre otros.
Así como esta sería la afectación inmediata para la UE, para el Reino Unido, el Brexit, significaría lidiar con movimientos independentistas de Escocia y de Irlanda del Norte, pues los pueblos de estos países votaron mayoritariamente a favor de permanecer en el bloque europeo; por lo que, ahora exigen que se convoque un referendo que les permita discernir si es viable o no ser parte del Reino Unido.
En este momento, para la economía y comercio mundial, lo más relevante es evitar que se prolongue la incertidumbre con respecto a los flujos de las transacciones.
Finalmente, todo parece indicar que lo más sensato para finiquitar esta incertidumbre es que el Reino Unido pueda definir la declaración formal de separación y que la UE adopte una política de aceleración del proceso que implica dicha declaración, es decir, agilizar la desvinculación; de tal manera, que pueda haber predictibilidad y certeza en el nuevo escenario político y económico.