La marcha de #ConMisHijosnoteMetas del sábado pasado, no hace más que profundizar esas dicotomías que polarizan la sociedad peruana. Si no hemos logrado superar esas dos repúblicas (república de indios y república de criollos), menos se podrá superar ese afán de la colectividad peruana por dividirnos ahora con los “pro-ideología de género” y “anti-ideología de género”. Se han llevado las reivindicaciones sociales a un nivel abstracto, como el confrontar preceptos religiosos contra consignas más liberales, cuestionando el poder fáctico de la Iglesia. Lo lamentable es que se ha dejado de lado el respeto y la tolerancia, bases de una sociedad democrática y evolucionada. Hemos retrocedido al oscurantismo de la edad media.
El escenario actual no sorprende a nadie. En los 80’s, nos dividimos entre “pro-Sendero” y “anti-Sendero”, fruto de los crueles años del conflicto interno. No aprendimos la lección y en los 90’s, nos volvimos a dividir entre “fujimoristas vs anti-fujimoristas”, herencia política que tenemos hasta el presente. ¿Hemos aprendido algo? Al parecer, ni hemos comenzado. Con el retorno de la democracia el 2001, el consenso social fue modernizarnos y dejar atrás el lastre del populismo de los 90’s. El momento de enfrentar problemas del Siglo XXI, fue una dura prueba de la sociedad peruana. Se comenzaron a disminuir las brechas de desigualdad y de racismo; sin embargo, hemos fallado en la idea de construir ciudadanía.
Esa es la raíz del problema, de este concepto tan tergiversado como “ideología de género”. Hay un déficit en la construcción de una ciudadanía tolerante, democrática y con capacidad de diálogo entre iguales. A esto, se suma el grave problema de desinformación, tanto en sectores más conservadores como liberales. El MINEDU ha dado un paso hacia aceptar un problema preocupante de nuestra modernidad: las diferencias de género. Estamos en nuevos tiempos, donde nuevas generaciones de escolares tienen derecho a saber que esta ya no es una sociedad del Siglo XX y que tienen que afrontar la diversidad que nos caracteriza. Hay algo preocupante: una generación conservadora que aún persiste en nuestro país y que impide adaptarnos al nuevo siglo.
Aquí no se trata de ser políticamente correcto frente a demandas como la unión civil o el reconocimiento de derechos civiles y políticos para la comunidad homosexual. La consigna es que los sectores más progresistas generen poco a poco espacios donde puedan llevar a la agenda pública temas que son controvertidos para una sociedad conversadora y moralista. La Iglesia es aún un poder en las sombras, pero tiene también sectores más liberales que apoyarían sus demandas. Más que estigmatizar a los homosexuales, lesbianas y transexuales, es reconocerlos como ciudadanos, con igualdad de derechos fundamentales. La consigna no es generar polarización, sino buscar consensos con esos sectores conservadores, donde también se respete su forma de concebir el problema, sin generar confrontación y división.
Esta movilización es un momento clave para decidir qué sociedad queremos ser rumbo al Bicentenario. Solo hay dos caminos: seguir con viejas taras conservadoras y dogmáticas o dar un paso adelante hacia una ciudadanía evolucionada. No es momento de enfrascarnos en muestras de odio, sino de tolerancia y reconocimiento entre la misma ciudadanía. Frente a esto, el punto de partida es en el espacio privado, de la familia, de hacerlos partícipes de la diversidad y pluralidad de nuestra sociedad. Cultura cívica, esa es la fortaleza y eso se puede lograr desde el hogar, para luego ir al espacio público, no para confrontar, sino para debatir y encontrar un punto común entre las discrepancias. El estado no va a educar a nuestros hijos; esa es nuestra labor y con ello formar ciudadanos de primer mundo.
Promover políticas públicas con igualdad de derechos para todos y con mecanismos de información hacia la sociedad civil, es un reto de este gobierno.