La semana pasada, las portadas periodísticas y programas de entrevistas, polemizaban por el 20° aniversario de la Operación Chavín de Huántar, suceso clave durante el gobierno de Fujimori, en su lucha final contra el fantasma del terrorismo. Hoy, producto de las declaraciones del presidente PPK, una nueva polémica divide a los peruanos: la posibilidad del indulto a Alberto Fujimori, por razones humanitarias. Una nueva escena de esta gran película sinfín que significa el legado del régimen fujimorista para nuestra incipiente democracia. Un nuevo episodio de polarización que no hace más que fragmentar aún más la cultura política de nuestra ciudadanía, bordeando esa delgada línea entre la democracia representativa y la añoranza por el populismo de los 90’s.
El presidente PPK, abrió las puertas al diálogo y superar las cosas del pasado. Tal parece que, nos cuesta mucho superar cualquier suceso fruto del gobierno de Fujimori. La Operación Chavín de Huántar, para muchos, fue considerado uno de los últimos episodios de esa larga lucha contra el terrorismo, que amenazaba las bases de la institucionalidad democrática. Para la prensa mundial, fue una de mejores operaciones de rescate de la historia, por el trabajo de inteligencia civil y militar en reducir el número de bajas de rehenes. Simpatices o no con el fujimorismo, los resultados ameritan ese calificativo. Lo que entra en debate es el tema de los derechos fundamentales, frente al asesinato extra-judicial de algunos cabecillas del MRTA. ¿Por qué seguimos enfrascados en un suceso de hace 20 años?
Dudo mucho que, en un suceso similar, con la vida de rehenes a cuestas, fuerzas militares rusas o estadounidenses, hubieran actuado de la misma forma. He ahí el problema, que no entendemos la lógica de las operaciones militares, donde para los uniformados su único objetivo es: liquidar al enemigo. ¿Por qué nos ensimismamos con este suceso? Los hechos dentro de la embajada no son claros, frente a las afirmaciones de ejecuciones extrajudiciales, que tuvieron que ir hasta instancias internacionales como el CIDH para aclarar esa situación. Los ahora “Héroes de la democracia”, perseguidos por los gobiernos democráticos, no tuvieron el merecido reconocimiento cuando era debido y fueron desacreditados por el único pecado de cumplir órdenes en una misión durante el régimen fujimorista. Definitivamente, a veces justos, pagan por pecadores.
“Tenemos que voltear la página”, dijo PPK hace unos días. Parece, un grito desesperado por construir puentes para la gobernabilidad, frente a esa fuerte oposición fujimorista. El gesto de Keiko Fujimori de asistir al Aniversario frente la Operación, se presta a diversas lecturas. La posibilidad de un indulto para Alberto Fujimori, parece ser esa herramienta de negociación, a la que recurrirá la lideresa de Fuerza Popular, para permitir la gobernabilidad entre el Ejecutivo y Legislativo. La deteriorada salud de Alberto Fujimori desde hace unos años, propiciarían esta acción por parte del gobierno, generando reconciliación entre la ciudadanía, dividida desde el proceso electoral del 2016. Esta acción, daría un toque humanista al gobierno, firme ante la defensa de los derechos fundamentales y cerrando esas fracturas del pasado autoritario.
El legado de los Fujimori va más allá de los imaginarios colectivos que condenan el autoritarismo y la captura del Estado por una cúpula cívico – militar. La debilidad de los gobiernos democráticos no ha permitido el fortalecimiento de la ética pública, ni la construcción de una ciudadanía tolerante y con nostalgias por el asistencialismo y la mano dura. Los peruanos necesitan salir del encasillamiento de la dicotomía fujimorismo – antifujimorismo y pensar una idea de país, fuera de construcciones ideológicas incipientes. La respuesta está en el pueblo, por estrechar lazos para la reconciliación y no permitir el recuerdo de sucesos del pasado, como la operación Chavín de Huántar, que trascienden a los delitos cometidos por el régimen fujimorista. El indulto humanitario para Alberto Fujimori no es una idea descabellada; es más, es una estrategia pragmática del gobierno. En buen cristiano: “la gobernabilidad, implica hacer sacrificios”.