Sendero elaboró un plan siniestro con el que buscaba capturar el poder, dentro de ese plan acciones que concentraran un alto contenido de impacto psicológico. La etapa inicial necesitaría de un impulso mayor, la falencia de recursos al inicio de la guerra -falta de armamento- los haría tomar decisiones durísimas, como incitar la falsa pureza de una revolución campesina, si esta era asumida con las propias herramientas de trabajo que se usaba en el campo. El orificio de una bala fue cambiada por extremidades cercenadas, personas decapitadas, pueblos enteros arrasados por la hoz, machete y el pico.
Implementado el terror, el run run del miedo se expandiría a remotos poblados y la resistencia civil podría empezar a doblegarse. Pero el pico y machete trabajarían principalmente en las lejanías andinas, mientras el elemento que se instalaría en las ciudades y bajaría a las costas seria “la desconfianza”, en la previa. En universidades, institutos, centros de labor y vecindarios, posiblemente convivía usted con un miembro del PCP- Sendero Luminoso.
La reacción fue proporcional. El Perú y su ejército saldría a la caza de su enemigo pero amparado bajo la ley, el fuego cruzado dejaría un saldo de más de 30 mil muertos. Esta insania provocada por sendero tendría su contrapartida en aislados elementos de la Fuerza Armada que enloquecerían en el frente de batalla. De imaginarios tan remotos pero muy vigentes son Arturo y Carlos, dos capitanes sindicados por algunos testigos como “presuntos criminales de guerra”.
La desconfianza-ese lastre inoculado por sendero a la sociedad de los 80’- intenta retornar y asentarse en la psiquis de un nuevo país, pudiendo tal vez desencadenar la duda que persigue y derrota, ella acelera e incide ¿sobre qué valores construye la Republica nuestra principal autoridad?. Solo la verdad ubicará al “comandante camión”, encarcelado su recuerdo recién podrá la justicia matizar cada uno de sus difuminados reflejos.