Conocer y evocar el mundo clásico grecolatino nos permite entender coyunturas. No es un mero ejercicio de erudición. Y hay una leyenda que evoco porque nos da muchas luces acerca del Poder. Y acerca de las actitudes y conductas de muchos políticos.
Resulta ilustrativo lo que nos cuenta James George Frazer en La Rama Dorada en torno al guardián o sacerdote del bosque de Nemi, cerca a Roma.
Este guardián o sacerdote -a quien se le confería el título de rey- cuidaba de un árbol (el de la rama dorada). Y solo acabaría su labor cuando inevitablemente muriera a manos de quien habiendo cortado una rama dorada del árbol lo matara y ocupara su lugar, tal como él tuvo también inevitablemente que hacer para llegar a ese cargo. Desde el momento en que llegó a ser rey, sabía que alguien lo iba a matar para ocupar su lugar. Su vida suponía Poder, pero también constante angustia ante la inevitable muerte.
Recordé esta historia cuando un amigo norteamericano me habló acerca de que el Poder del Presidente de los Estados Unidos acaba en el momento en que asume la Presidencia, pues él y todos saben que es Presidente por un período temporal que en ese momento ha empezado a terminar.
Y recuerdo esto también cuando observo lo que sucede en el Perú actual. El Presidente sabe -lo sabía desde el inicio de su mandato- que el Poder se acaba. Y esto es ineludible. Viene de las Parcas y ni los dioses lo pueden evitar.
Esta consciencia de que hay un inevitable fin puede generar muchas conductas. Puede llevar, por ejemplo, a hacer un muy buen trabajo para ser recordado positivamente (con lo cual la “muerte” es relativa), pero puede también llevar a una negación de lo evidente. Actuar como si no hubiera fin al mandato o buscar –contra la voluntad del destino- la forma de quedarse con el Poder. Directa o indirectamente.
En el caso peruano actual, estamos ante la segunda opción. Autoridades políticas que empiezan obras al final (como si el Poder fuese eterno) y que buscan perpetuarse (ilusamente) y seguir mandando. Aun cuando el precio sea erosionar la esencia de la democracia. Aun cuando todo se base en campañas publicitarias que pretenden vender aquello que se dejó de hacer.
El caso del rey de Nemi nos explica particularmente el nerviosismo (desde el inicio), la violencia verbal, la desconfianza sistemática y la inseguridad manifiesta del Presidente actual de la República. Sabe, y sabía, que su Poder se iba y se va a acabar. Y esto no es fácilmente aceptable. Sobre todo cuando se carece de sentido cultural e histórico.
Las hijas de Temis –las Parcas o Moiras- son hijas de la diosa de la Ley natural. Y su designio no puede evitarse. Hilarán en la rueca y cortarán el hilo (el fin) cuando deban hacerlo. Ni ellas mismas lo pueden evitar.
Basta ya de querer desafiar a las Parcas. No con un ánimo fatalista, sino, como cantaba Doris Day en una película de Hitchcock, lo que ha de ser, será.