Punto de Encuentro

La Rusia de Putin

Las elecciones presidenciales rusas, celebradas el pasado domingo 18 de marzo de 2018, evidencian a la perfección la manera de entender la política por Vladimir Putin. El presidente y candidato ganador con más del 75% de los votos, se presentó a una elección en las que el único candidato con posibilidades reales era él. Los políticos que hubieran podido disputarle la presidencia del Kremlin fueron oportunamente “apartados” de la carrera: AlexeiNavalny, fue sospechosamente sentenciado[1] por fraude y lavado de activos e impedido de ser elegible por votación popular hasta 2024;  Boris Nemtsov, opositor y crítico de Putin por el enfrentamiento a Ucrania para anexar Crimea, fue asesinado a pocos metros del Kremlin en febrero de 2015.

Acusado,por occidente, de anexar territorios (Crimea); atizar guerras (2da Guerra de Chechenia); interferir en elecciones ajenas (Elecciones EEUU 2016 – Donald Trump) y hasta ordenar la “baja” de traidores y disidentes (Anna Politkóvskaya, Boris Nemtsov, entre otros), Vladimir Putin es un dirigente amado y apoyado por los rusos.

Putin llegó al poder el 31 de diciembre de 1999 y, tras los resultados electorales del domingo, se presta a dirigir a Rusia hasta 2024. Incluso, durante el gobierno de DmitriMedvédev (2008 – 2012), Putin siguió siendo el hombre más poderoso de Rusia, asumiendo el cargo de primer ministro por un imperativo legal y dejando como Jefe del Estado (presidente) a su hombre de confianza. La estrategia política no pudo estar mejor estudiada; Medvédev, cómo presidente, propuso la modificación legal de la reelección presidencial indefinida y la ampliación del mandato de 4 a 6 años, que el Kremlin (dominado por Putin, cómo primer  ministro) aprobó. 

“Rusia está condenada al éxito. Debemos mantener la unidad.” Fue la frase con la que Putin saludó su nuevo triunfo electoralen un multitudinario acto público cerca del Kremlin. No podría ser más directo el mensaje político de lo que Putin quiere para Rusia; su secreto es ostentar el poder y desde la fuerza, la vigorosidad y hasta rudeza, crear la necesidad social que el poder siga en manos del Estado, del Estado que se institucionaliza en el Kremlin y se personifica en Vladimir Putin.

Esa personalización, con excesos de masculinidad, que marca la política de Putin ha calado exitosamente en una sociedad que aun teme volver a los años 90’s del siglo pasado. La caída de la ex Unión Soviética desmoralizó a todo un gigante que se sintió huérfano de triunfos; la Rusia de Boris Yeltsin cedió a la liberalización de precios, a la instauración de la propiedad privada y a la abolición del monopolio del Estado sobre el comercio exterior. El fin de la Guerra Fría trajo consigo el triunfo del capitalismo occidental en todo el mundo; ni siquiera, su principal contendor (Rusia) pudo escapar de las “recetas económicas” del libre mercado.

Ésta fue la primera gran batalla que Vladimir Putin eligió librar, derrotar a los oligarcas, a la casta libre mercado que se enriqueció con Yeltsin y que empobreció a la sociedad rusa. A día de hoy, el Estado ruso ha recuperado la explotación de sus recursos naturales como el gas y el petróleo; comparte con las cadenas privadas el dominio de los medios de comunicación y, fortaleciendo el sistema tributario, impulsa una propiedad privada supeditada al control público.  

Ante las amenazas de desestabilización política a su régimen, Putin ha sido implacable. Fue frontal al desplegar fuerzas armadas y paramilitares para enfrentar a los separatistas chechenos; acusado de cometer innumerables abusos contra los derechos humanos y bombardeos indiscriminados a Grozny, Putin se erige para sí el triunfo de la Segunda Guerra de Chechenia.

El camino hacia la restauración de la Gran Rusia que viene impulsando Putin, se asfaltó en marzo de 2014, con la consecución del hecho histórico más importante, la anexión de Crimea y Sebastopol a Rusia. Ésta inyección de nacionalismo ruso provocó la peor crisis entre Rusia y Occidente, desde el fin de la Guerra Fría. Europa y EEUU atribuyeron a Moscú el apoyo militar que recibieron los rebeldes separatistas en el este de Ucrania.

Esta es la Rusia de Vladimir Putin, un peligro para los “valores occidentales” y un orgullo para los rusos. Su discurso,alusivo a la reconquista de la grandeza del pasado, ha conseguido que la sociedad rusa no considere su cultura ni europea ni asiática, sino que son una civilización propia y única. 

 

José Carlos Urbina Suárez

Politólogo de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)



[1] Dictamen del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

 

NOTICIAS MAS LEIDAS