Hace algunos años, encontré entre mis lecturas un artículo de Mario Vargas Llosa: El sexo débil. Fue uno de esos testimonios que a una le hacen cuestionarse la humanidad del mundo.
Hablaba de una práctica misógina crudelísima muy recurrente en Bangladesh: rociar con ácido la cara de mujeres por venganza. Ya sea porque incumplieron una dote pactada o porque la mujer rechazó al aspirante a marido.
Sin embargo, aunque ya de por sí esta parte del relato produce horror e indignación lo peor viene cuando te enteras de la "sanción". Pues por esta calamidad pocas veces hay arrestos y si fuera así, en la mayoría de casos el soborno aligera "el trámite".
Cuando se presiona por una condena a lo mucho se consigue una multa de cinco dólares.
¡Así de barato es destruirle la vida a una mujer!
En Perú, una ola de crímenes contra las mujeres poco a poco dejan de ser episodios aislados. Sin embargo, una modalidad cobra relevancia por lo cruel y despiadada. Quemar para desfigurar y marcar para siempre a la mujer que se afirmó en su derecho de decir que no.
¿Qué hay detrás de ese crimen? Un patrón machista perverso tan arraigado como negado en nuestra sociedad. Es cierto que la indignación moviliza a muchas personas sobre todo a mujeres, pero no basta la sororidad.
Mientras haya un poder fáctico con ideas ultra conservadoras y reaccionarias tan poderoso que ponga contra las cuerdas al mismo ministro de educación que titubea cuando le preguntan por el enfoque de género, no avanzaremos en nuestra lucha contra la violencia de género.
La gran movilización no sólo debe tener un nombre, una historia ; sino que debemos alzar la voz para que no haya más machismo ni en los medios , ni en la publicidad ni en los textos escolares.
Ponernos de espaldas a esas causas estructurales es de una u otra forma contribuir con la impunidad de la que tanto nos quejamos.