“Es solo un asunto de forma”, “la forma no importa, importa el fondo”, “las formalidades son secundarias”… son expresiones que constantemente aparecen en nuestras conversaciones y en las voces de no pocos personajes públicos.
En A la Sombra de las Muchachas en Flor (segundo tomo de En Busca del Tiempo Perdido) Proust nos habla sobre uno de las tantas caminatas de la señora de Swann por el Bosque de Bolonia en París. Ella, vestida como siempre muy elegantemente, lleva una blusa con detalles (un bordado, una tira de raso) que probablemente estén cubiertos por otra prenda, pero que están allí. Que han costado trabajo en su ejecución, a pesar de que no necesariamente han a ser exhibidos.
Son formas y uno podría pensar que carecen de importancia pues no van a ser vistas. Pero que deben estar allí para dar la perfección a la prenda sobre la cual están. No interesa si serán percibidas o no. Como dice el novelista: “…cual esas esculturas góticas de una catedral disimuladas en la parte de dentro de una barandilla, a ochenta pies de altura, … y que nadie viera…”.
Forma, del latín forma. Forma, figura, imagen, configuración, hermosura. Palabra que aparece ya en las Glosas de Silos (una de las primeras manifestaciones escritas del español), según Corominas. De esa etimología deviene también horma, derivado popular de forma, y que sigue usándose hasta nuestros días como medida, límite.
Forma, entonces, no es solo externalidad y menos banalidad. Es elemento constitutivo de sentidos, conductas e instrucción social ¿A qué viene todo esto? A resaltar la importancia de la forma y a tener claro que no es cierto que “la forma no importa, lo que importa es el fondo”. La forma es tan importante como el fondo, pues es parte del todo y es a través de ella que llego al “fondo”. El “fondo” está influido por la forma y viceversa. La primera percepción de algo es –además- a través de la forma.
El Versalles de Luis XIV es un monumento a la forma, manifestada entre otras cosas en la etiqueta. Que no es inútil, pues marca la estructura del Poder. Por ejemplo, alguien de categoría inferior no puede dirigirse –hablar- a alguien de categoría superior si este no le habla antes. ¿No importa la forma? Ese es el conflicto entre María Antonieta, Delfina de Francia y -en ausencia de una reina- la mujer con más alta categoría en la corte, y Madame Du Barry, amante del rey Luis XV. Esta lucha por un saludo que la Du Barry no podía siquiera propiciar por ser inferior y estar prohibido por las formas, pudo quebrar la alianza entre el Austria y Francia.
En el Perú actual parece que hemos olvidado la importancia de la forma. ¿Decimos buenos días o buenas tardes al entrar a un local donde hay otras personas? Es una forma, pero que supone actitud de respeto al resto. No solo “buenos o malos modales”.
Parecemos no darnos cuenta de que buena parte de las instituciones, su importancia y el respeto hacia ellas, se sostiene en formas.
Recordamos que alguno de nuestros últimos Presidentes rompió las formas y besó a una reina. El mismo que no vacilaba en mostrarse en estado poco ecuánime ante la opinión pública. Evoquemos también la cantidad de congresistas y autoridades municipales captados por la prensa actuando –ante las propias autoridades policiales- con la prepotencia que alimenta el alcohol. Pensemos en nuestro actual Presidente y en cómo se apareció alguna vez en jean en una ceremonia protocolar castrense. Evoquemos, en fin, los insultos y la sociedad de este mismo mandatario en su lenguaje público.
Por cierto, las formas democráticas distan de aquellas de las monarquías. Son acaso más sutiles y aparecen como menos coercitivas. Sin embargo, de ellas depende no solo la percepción/valoración de la autoritas, sino que en su cumplimiento o incumplimiento consolidamos la diferencia entre civilización y barbarie.