El viernes último me topé con varios colegas en una reunión, entre ellos Mister A. En realidad me autorizó poner su nombre pero preferí el epíteto. “Oye, confírmame la del besito vengador”, le dije. Una bocanada de humo después, el fumador se llevó el dedo a la altura de su sien derecha. Recuperó el recuerdo con el roce de su yema.
Sobre su cabeza una nube se formó con la siguiente línea. Érase una vez en que a un reportero televisivo le llamaron la atención porque una modelo mandó saludos a un conductor.
Años atrás, encomendaron a Mister A un microondas para la edición mediodía de su canal. Al final se grabó un microbamba. ¿Qué? ¿Así le dicen a las Orión y Chosicanos? No. Microbamba dícese del informe que parece estar en vivo pero no. Muchas veces este ha sido mi recurso. “Gracias por el pase, estudios, nos encontramos en la Carretera Central…”, he dicho hace poco cuando en realidad andaba en mi base comiendo empanada de jamón de mi amigo Jesús de Técnica.
La protagonista de la nota era Tilsa Lozano. Estaba promocionando un evento. Los conocimientos de mi amigo en espectáculos eran tan amplios como los míos en energía nuclear. Para cerrar el despacho, le pidió mandar saludos a su conductor. La mujer formó una V con sus índice y medio derechos mientras sus labios se abrían camino sobre ellos.
El presentador se quedó estupefacto. No podía creer lo que la señorita le había enviado. El hecho no le causó gracia. Ni bien terminó el noticiero, exigió la presencia de Mister A. No solo leía teleprompter. Era el jefazo.
El protagonista de esta historia dijo: “Aquí ‘toy”. Fue a su oficina y recibió una serie de improperios innecesarios. El sujeto dijo que era el colmo que tal dama pudiera mandarle esos afectos, que él no se prestaba a bajezas como recibir un besito vengador. Un estallido de cólera surgió por Tilsa Lozano. Bah.
“¡Chuña!”, exclamé al enterarme años atrás. No le conté esto a la gente de la sección de Espectáculos del diario donde trabajaba. ¿Quién sabe? Capaz ya sabían la historia y no les interesó. Este último fin de semana escuché la versión del autor de la vivencia. “Una anécdota que le contarás a tu hijo”, le dije. Él sonrió, cogió otro cigarrillo y empezó a golpear. “Y eso que ese sujeto más adelante hizo que me boten”, complementó.