Sumario:
Un equipo de ingenieros salvadoreños ha dado de que hablar durante la emergencia por Covid-19 en El Salvador al desarrollar un respirador mecánico. Su trabajo ha trascendido fronteras al mostrar que en países en vías de desarrollo también se desarrolla tecnología.
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Desde un pequeño laboratorio universitario se está tratando de insuflar un poco de aire durante la emergencia por Covid-19. Desde el 14 de marzo, El Salvador se encuentra paralizado, la mayoría de los negocios ha cerrado y en las calles se ve circular a una fracción de las personas que todos los días abarrotan las calles. El mandato del “quédate en casa” también impera en el país más pequeño de Centroamérica, pero ni así un grupo de cuatro ingenieros detuvo su trabajo por crear un respirador mecánico. Una herramienta que podría ser decisiva para muchos enfermos.
El proyecto nació dentro del laboratorio de nanoctecnología del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación (ICTI) de la Universidad Francisco Gavidia (UFG). Cuando la emergencia por el Covid-19 asoló al mundo, este grupo de académicos se preguntó cómo podían contribuir desde la ciencia. Optaron por diseñar un prototipo que ayude a un paramédico a llevar aire a los pulmones de una manera más eficiente, a automatizar una bolsa ambú (Airway Mask Bag Unit, por sus siglas en inglés, o unidad de máscara de vía aérea).
La ambú también es conocida como un resucitador manual, un dispositivo para proporcionar ventilación a los pacientes que no respiran adecuadamente. Esta se encuentra en cualquier kit de emergencia en un hospital, pero cuenta con un pequeño problema: su misma operación manual.
Empezaron con pocos materiales, pero con mucho ingenio. En tres días tenían ya un primer prototipo elaborado con madera, tornillos y tecnología arduino. En pocos días ya tenían funcionando un brazo mecánico que lograba apretar la ambú de manera constante. La principal idea del aparato es esa, liberar al médico de este trabajo y que pueda atender a más personas, y que, por medio de una operación más constante, el aire llegue de manera regular sin parar al paciente.
El equipo de madera llegó a las redes sociales y tras esa acción distintas instituciones, empresas y talleres empezaron a ofrecer su ayuda para sacar adelante el respirador mecánico.
El inicio del proyecto coincidió con el inicio de la cuarentena en el país. Las partes empezaron a escasear, pero con el apoyo de estos nuevos actores, y el ingenio del equipo inicial, poco a poco se fue solventando todo. El grupo de cuatro ingenieros pronto aumentó hasta tener un grupo final de más de 14 personas, entre empresa privada y otras organizaciones.
Después de las redes, fueron los medios nacionales quienes empezaron a mostrar al país el trabajo que nace desde las universidades. Pronto la noticia llegó a las agencias y cadenas y los ingenieros salvadoreños empezaron a explicar a toda América Latina como con su dispositivo esperaban ayudar a cuidar a los pacientes
“El bebé”, como lo llaman sus creadores, fue creciendo. Incluso, el Gobierno volvió a ver y asesoró, a través del Ministerio de Salud y la Secretaría de Asuntos Estratégicos, algunas de las etapas. Ahora, en su versión 3 el equipo ya cuenta con una carcasa de 1.5 metros de alto por 0.5 metros de ancho, espacio para dos respiradores, un dashboard (pantalla) digital que ayude a revisar todos los parámetros necesarios del equipo y el paciente. En pocas palabras, ya estaría listo para su fabricación industrial.
La fabricación del respirador ha supuesto un costo de producción de $5,000 (USD), pero sus responsables creen que al producirlo de manera industrial este puede bajar a unos $2,500 (USD); un costo cientos de dólares más bajo que los ventiladores mecánicos de una unidad de cuidados intensivos.
La universidad que lleva sobre sí toda la investigación no habla aún de patentes o de distribución del equipo. Los responsables dicen que e el conocimiento y el prototipo pueden ser donados al Gobierno o a la empresa privada por si alguien se decide a fabricarlo. Después harán su registro industrial, de momento su interés, explican, es científico no lucrativo.
Las pruebas no acaban. Falta aún dejarlo trabajar por 5 o 6 horas sin parara para ver su comportamiento y la resistencia de materiales. Al final, después de intensos días de trabajo, el equipo tiene un solo sueño: que el respirador ayude a salvar más de una vida.
Raúl Benítez
Periodista salvadoreño. Profesor universitario
Fundador de la revista "Escultural".