Punto de Encuentro

El Covid-19 avanza por una región pobre y discrecional

A finales de 2019, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) advertía que el número de pobres en la región crecería de 185 millones en 2018, a 191 millones. Y, de ellos, 72 millones estarían en la pobreza extrema.

El informe llegaba cuando China sabía de la existencia del Covid-19, pero aún mantenía la información dentro de sus herméticas fronteras. Ahora, que ya se trata de una pandemia oficial, la Cepal recalculó sus cifras.

El futuro es bastante más desolador debido a la crisis mundial: de un total de 620 millones de habitantes, el número de pobres en la región subirá de 185 a 220 millones. Y las personas en pobreza extrema bordearán los 90 millones.

Son probablemente miles, sino ya millones de familias, las que están caminando por ese oscuro umbral hacia la pobreza y la pobreza extrema en nuestros países. Y lo hacen mientras se enfrentan, en muchos casos desde la desinformación y la escasez, a una enfermedad cuya única posibilidad de prevención es permanecer en casa y desinfectarse constantemente. Pero ¿en qué casa? Y en los casos más extremos ¿con qué agua?
Estas dos máximas, tan repetidas por la Organización Mundial de la Salud y varios gobiernos, son difíciles, sino imposibles, de cumplir si no se cuenta con una casa para pasar el aislamiento mandatario o voluntario, ojalá sin hacinamiento, y que cuente con los servicios básicos para mantener la constante higiene.

Pero las medidas son discrecionales, dependen de la voluntad o supersticiones de las autoridades. Porque hay de todo, las que creen que dividiéndonos por géneros frenarán los contagios, las que dicen que sólo es una ‘gripezinha’ o que lo necesario es abrazarse, un ‘detente’ y un trébol.

Y no sólo son discrecionales las medidas a gran escala. También lo son las medidas locales y su aplicación. Desde amplios espacios, dotados de todos los servicios y abastecidos de insumos, hay quienes señalan al ‘pueblo’ por seguir en las calles aglomerándose contra toda recomendación, intentando ganarse el día, conseguir una ayuda social, una mascarilla; incluso, salvar a sus enfermos o ya recoger a sus muertos.

Hay aquellos que reniegan de los comerciantes informales y aplauden las incautaciones de mercaderías, multas y detenciones: para ver si así aprenden, hay que quedarse en casa. ¿Verdad?  Lo dicen mientras pasean al perro o salen a trotar en sus urbanizaciones, van a dejar o recoger encargos y piden ‘deliveries’ a la puerta, juegan al fútbol o al golf en el barrio. Porque claro, para ellos las medidas y sanciones siempre serán discrecionales. Ahí no hay arrestos ni multas, si acaso un “por favor, regrese a su casa”.

A todo esto se suma que no solo millones de personas son pobres, las arcas estatales de nuestro países también desfallecen (la mayoría gracias a la eterna corrupción). Pero el problema de vivir en un mundo de libre mercado en pandemia es que éste tampoco parece entender que los muertos no consumen ni producen.

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