Cuando Schopenhauer escribió la parábola del erizo en 1851, seguro no lo hizo pensando en una pandemia como la gripe española de 1918 y tampoco en el COVID-19 que nos avasalla.
El filósofo narra que un grupo de erizos, en un día de invierno, se apiñaron entre sí para evitar el frío. Al acercarse, los pinchazos propios de sus púas hacen que se alejen por el dolor que se mutuamente se infringen. Sin embargo, la necesidad de calor aparece de nuevo y se unen; repitiéndose el dolor inevitable de la proximidad. Así, los erizos estuvieron yendo y viniendo hasta encontrar la distancia adecuada donde el propósito de calentarse mutuamente no era satisfecho del todo, pero a cambio la punzada tampoco era percibida.
Schopenhauer incluye este escrito dentro del capítulo de Metáforas, Parábolas y Fábulas de Parerga y Paralipómena, para decir que la necesidad de compañía se antepone a los defectos personales, y como resultado mantenemos distancias cercanas entre nosotros.
Hoy más que nunca, podemos pensarnos los humanos como unos erizos andantes que guardamos distancia incluso con quienes sí queremos relacionarnos. Nuestro mayor defecto, o púa en términos erizantes, ya no es una cualidad personal, sino una posible enfermedad y la incierta capacidad de dañar en todo momento. De pronto, la distancia segura y saludable es la que proponíamos con cualquier extraño.
El COVID-19 hace que el frío no sea solo frío, sino también hambre, escasez, vacío; y el calor, aquello que causa aglomeraciones, la necesidad de trabajo, como se muestra día a día en reportajes, más allá de algunos irresponsables que salen a la calle para libar, igual en busca de ese calor que la cuarentena quita.
Uno de los retos sociales más difíciles, y que es transversal al trabajo, la educación, las relaciones interpersonales, es encontrar esa distancia que nos permita estar en contacto sin que esto sea dañino para nosotros. Ni muy muy, ni tan tan, como antiguamente se decía. Pero, ¿Qué tendremos que sacrificar? O, ¿Qué cosas no podemos dejar de lado?
La tecnología aparece como una alternativa parcial. Colegios, universidades y centros de trabajo se han adaptado para convertirnos en erizos unidos en un imaginario, más no es un espacio real. Sin embargo, para las actividades no dables en la vía tecnológica no nos queda sino esperar el momento de las cercanías, los abrazos, las miradas, mejor dicho en todo aquello que nos hace humanos y que compete al mundo de la psiques y la psicología.