Punto de Encuentro

El Perú del Bicentenario (primera parte)

Danilo Guevara Zegarra

En las últimas décadas, el Bicentenario de la Independencia Nacional, fue concebido como una fecha icónica destinada a inaugurar una nueva etapa de progreso y bienestar.

De ahí que muchos de los planes estratégicos de los sectores público y privado fueron pensados teniendo como horizonte una efeméride que en nuestro imaginario estaba llamada a ser un hito fundamental en el camino hacia la madurez cívica y el desarrollo pleno.

Podemos poner en duda si el 28 de julio de 1821 marcó efectiva y realmente la independencia de Perú. Sin embargo lo evidente e incuestionable es que esa fecha simbólica se halla férreamente instalada en el alma y la mente de los peruanos como el día de nuestra fiesta nacional, de suerte tal que paisanos de todas las edades y procedencias, ora se encuentren esparcidos en el territorio nacional ora se hallen lejos del terruño, viven, disfrutan y expresan una alegría celebratoria que rescata nuestra a veces alicaída identidad.

Los problemas del Perú datan desde muy antes que don José de San Martín juramentara la Independencia. Y si bien es cierto que con el paso de los años muchos de esos problemas se han superado, existen otros que superviven y se multiplican haciendo que la sociedad peruana presente fracturas, divergencias, frustraciones y contradicciones que tienen en contrapartida esa enorme y vibrante vitalidad que caracteriza a un pueblo pujante, creativo e indoblegable como es el nuestro.

Es justo resaltar que en las dos últimas décadas el país atravesó una etapa de pujanza que nos llevó a pesar que, en efecto, el Bicentenario iba significar un cambio de era. La vigencia de la democracia, la mejora sustantiva de los indicadores sociales, la ampliación de las clases medias, la estabilidad macroeconómica, asociadas a otros sucesos como el triunfo de nuestra posición en La Haya, el boom gastronómico o más recientemente, la actuación de la selección en el mundial de fútbol, nos alejaron de ese pesimismo e incredulidad respecto a nuestras capacidades que todavía es parte de nuestra forma de ser.

Hubo un momento en que los inversores extranjeros venían casi en tropel para cerciorarse de aquello que empezaba a ser llamado el Milagro Peruano. Los hoteles de lujo estaban plagados de hombres de negocios que  compulsaban animadamente la posibilidad de hacer negocios en un país que despegaba en forma auspiciosa y que por añadidura reúne condiciones y recursos excepcionales.

Sin embargo, los 200 años de vida republicana nos encontrarán inmersos en un profundo deterioro político, económico, social y moral debido a que la pandemia nos solo nos viene matando con cruel eficacia sino que ha servido para desnudar pobrezas y fragilidades que deben ser abordadas y resueltas por un nuevo gobierno que tenga la habilidad de congregar y liderar lo mejor de nuestras energías en pos de hacer que el Perú deje de ser una promesa postergada.

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