Punto de Encuentro

El manicomio de los demócratas

6 Septiembre, 2020

José Bulnes

Por: José Bulnes

En la esquina de un cuarto un televisor encendido concentra las miradas somnolientas de los pacientes. Uno de ellos, al escuchar el programa pensó: si un planeta está constituido de gases, podría comprimirse… Otro, con las rodillas y manos recogidas sobre sí, musita algo como si los hechos políticos son magnitudes, hay que buscar la unidad de medida de la política, la unidad de medida podría ser el trigo.

Una noche, uno de ellos convocó a una sesión. Cuando estuvieron reunidos planteó la necesidad de extender la ciudadanía a todos los seres de la tierra, dado que una tarde sintió, dijo, la presencia de los cangrejos y escorpiones. Una mañana, enfermeros y pacientes saltaron de sus camas cuando un demócrata iba corriendo por los pasillos gritando haber encontrado el “argumento” de la vida. Acto seguido, cuando hubo de capturar la atención de sus conciudadanos, sacó de entre sus ropas un revolver y se disparó a la cabeza, enmudeciendo a todos, pero inmediatamente después, los pacientes alzaron el cuerpo, destrozado en sangre, y le sentaron en una silla, eligiéndole gobernador. Algunos interpretaron el argumento de la existencia como el derecho a quitársela.

Las cosas transcurrían con silenciosa habitualidad en medio del parlamento de los pacientes. Sin embargo, una madrugada, muy fría y húmeda, fue traído un nuevo paciente. Era éste muy sereno y taciturno. Durante las horas de televisión en la sala se mantenía en silencio con la mirada fija en la pantalla. Lo único que se sabía de él era que, en la madrugada en que fue internado, había sido encontrado sentado en un rincón de su casa, observando una pintura. Un pico, una pala, una linterna, una soga fueron algunas de las cosas que se encontraron con él. Había el sujeto concluido, una mañana, observando las olas de unas de las playas del norte de su país, que el subsuelo debía ser propiedad de los individuos que detenten la propiedad del suelo, por lo cual se dispuso a cavar el piso de su casa con la conveniente intuición de que podía encontrar un importante recurso.

El afán de este buen demócrata fue tal, que logró su cometido. A una profundidad de 1000 metros, el hombre encontró litio. Sus pupilas se congelaron. Alumbrado por una linterna, retornó el camino, logrando ver a lo largo del túnel algo como seres minúsculos e insectoides reptando por las paredes, recordó que oía ruidos extraños, no eran lamentos o fanfarrias como esas, sino, explicó el hombre al enfermero, que eran ruidos como esos zumbidos que vienen a los oídos, solo que más intensos, ejerciendo presión en las paredes. Esa noche se quedó meditando en el hallazgo. De inmediato asoció el litio a las ganancias posibles por suministrar energía. Imaginó que para los tanques del país para recuperar el orgullo patrio frente a unos apestosos  araucanos, o acaso para dotar de luz al pueblo. De pronto le asaltó una duda: ¿cómo extraer el recurso?, ¿cómo convertirlo en reserva?, ¿cómo determinar el precio?, ¿cómo proveerse la maquinaria y la tecnología para procesar el recurso?, ¿cómo determinar el precio y sus desagregados en los costes? Pero esto no lo desanimó.

Al día siguiente, y hasta la madrugada en que fue internado, formó un comité político, a fin de llevar a cabo sus planes. En tan solo una semana ya tenía resueltas las preguntas que lo angustiaban, incluso este joven demócrata tenía ya sus propias lumbreras. Pero en el día octavo, mientras consultaba los valores del litio en su radio atómico, punto de fusión, electronegatividad, energía de ionización, una gran duda le embargó: el descubrimiento de los recursos de la tierra motivaría que la geología y con ello la ciencia predominen por sobre el panfleto de “radicalizar la democracia”. Podía solucionarlo, conceder con ambas expresiones. De hecho, lo consiguió. Al noveno día, en los debates científicos aludía a la ciencia, y en la reunión de sus prosélitos, saludaba el propósito loable de las igualdades. Pero en el décimo día, primer día de un mes distinto, una idea comenzó a devorarle sus más hondos silencios: si se sigue la ciencia, cada ciudadano-propietario optará por ella y entonces el monopolio de unos pocos sobre muchos es inevitable. Pero, si radicalizamos la democracia, ¿cómo compatibilizar la igualdad con la propiedad privada? Y así, absolver esa duda se convirtió para él en algo esencial para el discurso de una nueva república. Y así el undécimo día y en los subsiguientes. Había dejado de ir a sus reuniones. Se encerró en casa. Había transcurrido casi un mes. Una tarde un hombre del Estado tocó su puerta, al no oír respuesta y por los testimonios de los vecinos del lugar optó por entrar. La puerta estaba entreabierta. El funcionario vio a un hombre sentado de espaldas, alumbrado por una lámpara de piso, observando una pintura en la que dos excelsos gallos luchaban. Sobre una mesa, estaban regados tubos de ensayo, manuscritos de estequimoetría, gruesos volúmenes de topografía. Cuando llegó el enfermero, éste se acercó hacia el hombre y con voz calma dialogaron durante horas. El enfermero solo estaba de pie y comenzó a tomar nota sobre cada palabra. Cuando ya frisaba la madrugada y cundía el frío, el enfermero y el demócrata abordaron un auto, que se alejó perdiéndose en la nebulosa de la calle.

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