Jimena Guevara
Los partidos políticos participantes de las elecciones 2021 y sus posibles candidatos se avizoran con mayor claridad luego del 30 de setiembre. Fecha última para la solicitud de inscripción de nuevos partidos políticos ante el JNE. El Partido Regionalista de Integración Nacional (PRIN) era el partido con mayor expectativa de inscripción. Sin embargo, su expediente fue devuelto por el JNE tras encontrar varios errores. Así, se mantienen únicamente los 24 partidos políticos ya inscritos en cancha de juego.
De estos 24, 14 han cambiado -alguna vez- su identidad. Dos de ellos precisamente para estas elecciones y por eso son teóricamente nuevos; pues su nombre, logo y estatuto son distintos. Dicho caso es el de Solidaridad Nacional, que se llamará en adelante Renovación Popular, está ahora presidido por Rafaél Lopez Aliaga, y por cierto es el partido inscrito con menor cantidad de militantes: 4 413 al 06 de agosto del 2020. A la vez, es el caso del partido Restauración Nacional, que a partir de ahora llevará como nombre Victoria Nacional, inspirado en el nombre del distrito que George Forsyth es alcalde, ya que él sería el titular de la plancha presidencial.
En el último ejemplo mencionado, es curioso cómo el límite camaleónico traspasa la institución política y llega a la identidad de la persona en sí. Las últimas semanas pintas con “Yorch Forzay” han circulado redes e incluso algunos canales lo presentan con tal nuevo nombre.
Esta nueva forma de escribir su propio nombre, está basada en la fonética de cómo suena. Medida inteligente para no complicar la tarea del futuro votante al recordar a quién debe elegir. Sin embargo, es extraño, y de moral dudosa, que alguien esté dispuesto a cambiar una bandera tan íntima y personal como su nombre sólo para acercarse al poder.
El nombre propio -en teoría- está cargado de significado. Incluso su sentido precede a la existencia misma de quien lo lleva. Un ejemplo para ilustrar, algo dramático, lo escuché años atrás de una profesora quien su pacienta, tras varias sesiones de terapia, le confesó que había tenido 4 abortos espontáneos. Y cuando por fin quedó embarazada y dio a luz, a su hija la llamó Milagros. Otro ejemplo, es de un artículo donde relatan que unos padres esperaban a una hija, a quien llamarían Lucia. Pero, tras nacer un niño lo llamaron Luciano, Lucía - No.
Estos ejemplos aislados entre sí demuestran que el nombre está cargado de significado desde antes del nacimiento, y este proceso de atribuirle un sentido aumenta conforme pasan los años. De ahí seguro la sabiduría refranera de “el buen nombre”. Donde el apellido sirve para que un grupo se ubique dentro un sistema social, y el nombre para que la persona se ubique dentro tal subgrupo.
El nombre propio es -en teoría- inseparable de la persona (o el objeto, como una empresa o una organización política). Si uno da vuelta atrás, cada vez que escriben o pronuncian mal nuestro nombre, lo corregimos; y cada vez que escriben o pronuncian mal el nombre de alguien, ese alguien lo corrige. Sería también impensable que una empresa anuncie una propaganda con su nombre mal escrito o un partido político emita un spot con fallas ortográficas en su nombre. Porque el nombre es más que su significante. Está más allá del cómo suena. En el nombre propio está -o debería estar- reflejado la persona misma. Una persona dotada de significado y sentido, obvio. Pero entonces, ¿Qué tan vacío de significado ha de estar una persona para que sea tan fácil cambiarse de nombre?