Discurso fúnebre de la gran revolución cubana (I)

Hugo García Salvattecci

Mortal, no te olvides que eres mortal”, es una de las frases que mejor expresa el espíritu de lo que fue el estoicismo romano. La sentencia tiene validez universal, no sólo para el hombre, sino para todo lo humano. En ello consiste el carácter histórico de todo lo que se vincula con el hombre, o que sea su producto o realización. Nada de lo humano escapa a lo histórico, gracias a lo cual todo presente deviene en pasado. Hasta la misma Iglesia, en la encíclica “Fides et ratio” del Papa Juan Pablo II, reconoció expresamente que la teología tiene un carácter histórico, por lo que se circunscribe a una época histórica que se modifica a través del tiempo.

Lo dicho, reitero, no sólo tiene validez, para el hombre, sino también para todas sus instituciones y para todos los sistemas ideológicos, científicos, filosóficos, artísticos y hasta religiosos. La gran Revolución Cubana no podía ser una excepción, con sus aciertos y con sus limitaciones.

Lo primero que debe reconocerse es que la Revolución Cubana significa un hecho histórico de grandes dimensiones. Es sin duda la mayor revolución que se haya realizado en el Continente Americano. Su gran gesta histórica será recordada en todos los siglos venideros. El que un país, ubicada en una pequeña isla del Caribe, haya desafiado permanentemente, durante sesenta años, a la mayor potencia mundial, es la encarnación viviente del enfrentamiento entre David y Goliat en el siglo XX. En el tomo XXXII de mi “Historia de la Filosofía”, he tratado de demostrar que fue la primavera que trajo la Revolución Cubana, la que atrasó durante medio siglo, que se diera la irreversible debacle de toda la ideología del Marxismo-Leninismo.

En estos momentos, apreciamos el fin de la Revolución Cubana, aunque no se sabe todavía si ello significará el fin del actual gobierno cubano. Al margen de la permanencia o no del actual gobierno cubano, la gran Revolución Cubana ya entregó su alma a Dios. Su trágica grandeza debe ser reconocida por cualquier mentalidad objetiva, al margen de posiciones políticas personales. Grandeza trágica porque está saturada de luces y de sombras, de aciertos y de desaciertos.

Max Scheler señalaba que es imposible descubrir la esencia de un movimiento o de un hecho histórico sin un mínimo de “sim-patía”, tomando el concepto en su sentido etimológico, donde “sim” no significa negación, sino todo lo contraria, significa íntima compañía, vincularse a su “patio”, que podríamos traducirlo, aunque no literalmente, a su sentimiento. Mi gran maestro el Padre salesiano Alcides Fanello constantemente me repetía: “debes hacerte Platón cuando estudies a Platón y Lutero cuando estudies a Lutero”.

Interpretar la Revolución Cubana requiere, como imprescindible recurso académico, penetrar en su espíritu y descubrir cuáles fueron sus grandes ideales. Recién luego, se podrá constatar si esos ideales se fueron olvidando o tergiversando a través del tiempo, o si estaban irremediablemente condenados a ser fallidos porque el mismo modelo político utilizado negaría, de hecho, la posibilidad de alcanzarlos.

En ese contexto, proclamo que siento una gran simpatía por la Revolución Cubana y que expresamente reconozco su gran dimensión histórica. Ello me obliga, a tratar de ser lo más objetivo tanto al describir sus logros. como al señalar las razones por las que considero que, al margen de su gran proyección histórica, su gran revolución terminó siendo fallida.

La Revolución Cubana se realizó cuando yo era todavía un colegial pre-adolescente. Podría decir que su historia es paralela a mi vida. Mi pensamiento político se inició y maduró con la Revolución Cubana. Por otro lado, me une a dicha revolución una referencia personal. Fidel Castro le brindó su amistad, a punto de regalarle una de sus pistolas que utilizó en su etapa de guerrillero, a mi hermano materno José Antonio Fernández Salvattecci, quien, tal como reza el título de una de sus obras, fue “soldado en el Perú y guerrillero en Nicaragua”. Dicha pistola lo acompañó a mi hermano cuando dirigió un batallón sandinista en Nicaragua para, mediante una lucha de guerrillas, destituir al tirano Samoza. Frente a la figura de Fidel sólo puedo declarar mi admiración y respeto.

La Revolución Cubana se propuso implantar el socialismo en América Latina, inicialmente dentro de una perspectiva que podríamos denominar “libertaria”, pero luego por los condicionamientos históricos siguiendo el modelo de la realización histórica del Marxismo-Leninismo, con el que se terminó vinculando.

El joven Fidel estuvo vinculado con los movimientos libertarios, con vieja tradición en Latinoamérica, donde jugó un papel preponderante la labor de nuestro Maestro Don Manuel González Prada. Incluso el estudiante Fidel fue alumno, en Cuba, de Luis Alberto Sánchez. Por ende, inicialmente, sus grandes ideales socialistas estaban vinculados a la conquista de la libertad. Todo ello terminó siendo declamatorio cuando cayó en brazos del Marxismo-Leninismo.

Para valorar, en su auténtica dimensión histórica, la Revolución Cubana, debemos partir de lo que históricamente significa el socialismo y cómo dentro de un sistema organizado de acuerdo a los moldes marxistas-leninistas es imposible la vigencia de la libertad, impidiendo todo tipo de desarrollo económico. En ese contexto, es elocuente recordar algunos pasajes de la polémica de Marx con Proudhon, muchas décadas antes de que el Marxismo-Leninismo apareciese en Europa. Consideramos que la gran limitación de la Revolución Cubana fue producto de mercado terminado vinculando con el marxismo-leninismo. En ello se encuentra el origen de sus limitaciones. En todo caso, es lo que trataremos de demostrar en artículos posteriores.

 

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