Punto de Encuentro

Ingobernabilidad y corrupción

Las revelaciones de las escandalosas redes para la adjudicación de obras públicas, la designación de personas en distintas esferas del Estado sin experiencia en el manejo de la cosa pública e ineptas para tomar decisiones trascendentales, el nombramiento de personas sin credenciales éticos y, algunos casos, hasta sancionados por graves delitos, nos muestran con crudeza el alto nivel de la corrupción de éstos y el bajísimo nivel moral de este mal llamado Gobierno.

Los escándalos no sólo involucran a funcionarios con cierta capacidad de decisión sino al mismo Pedro Castillo, dejándolo expuesto a la vergüenza de la sociedad por su nula capacidad de gestión y su total incompetencia para llevar la banda presidencial, y haciendo indebido uso de sus prerrogativas en el manejo de cuestiones de Estado en beneficio propio y para el entorno de sus más allegados. 

Sus funestas declaraciones que apuntan a una descarada corrupción en este régimen, no hacen más que incidir en el cinismo de la persona que debiera dirigir con probidad los destinos de nuestro país; pero, además, de atentar contra la integridad nacional cuando ofreció salida a Bolivia a través de nuestro territorio, tipificándose el delito contra la seguridad nacional y traición a la patria, claramente plasmados en nuestra normativas penales.

Pero, ahora, se descubre que los contenidos de su Hoja de Vida que debieron haber sido presentados para su postulación a las elecciones generales son fraguados. Hasta para obtener su título de Magíster, Pedro Castillo, tuvo que recurrir a los delitos de plagio y fraude.

Los absurdos y risibles ensayos para su defensa no se han hecho esperar; y, claro, ello afecta la credibilidad que se requiere para conducir un país. La credibilidad es esencial no sólo en las relaciones humanas sino también para el manejo de las cuestiones políticas y para cimentar el liderazgo especialmente en épocas de crisis e incertidumbres, como la que estamos padeciendo.

La credibilidad es el resultado de tres factores: honestidad, congruencia y rectitud; y, precisamente, quien dirige nuestro país no los tiene. El líder no solo tiene que alinear sus palabras a sus actos de manera consistente, tiene también que regir todos sus anuncios y sus hechos de acuerdo a normas y actos claros e inciertos. El líder no sólo tiene que ser creíble sino, además, parecerlo.

En las actuales circunstancias, donde todo lo que hace este mal llamado Gobierno, se mira sin asomo de legitimidad, la sólo presencia de Pedro Castillo en la Presidencia de la República y de su entorno partidario, no sólo pone en jaque las finanzas públicas, la seguridad ciudadana y la estabilidad social sino, especialmente, la estabilidad política y la gobernabilidad del país.

La urgencia de contar con un nuevo Gobierno demanda, por supuesto, un profundo viraje. Se necesita cambiar a las personas que conducen las cuestiones de Estado, incluso del Presidente de la República, aunque su obcecación y la de sus adictos a permanecer en los cargos, sea como sea, es insostenible.

De ahí que la destitución de Pedro Castillo es apremiante para detener, precisamente, el golpe de Estado de Derecho que ya se viene urdiendo desde el régimen para seguir obteniendo las prebendas que proporciona una gestión corrupta y que nos dirige al abismo en forma violenta.

 

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