Punto de Encuentro

La vocación de lealtad en los independentistas

1 Agosto, 2022

Omar Via

En vísperas a los días festivos de la Patria se nos hizo un comentario de carácter veredictivo tocante al tema de la Crisis política española e independencia americana, clase que impartiéramos enmarcada en la expansión napoleónica, la consecuente invasión de los ejércitos franceses sobre la península ibérica (1808 - 1813) y la inmediata repercusión sobre sus dominios de ultramar en Occidente.

La severa fórmula fue planteada en torno a la estirpe social de los precursores de la independencia; la vigorosa afirmación subrayó: “Claro, fueron TRAIDORES españoles que causaron la independencia americana”, para así explicar la actuación de estos curiosos súbditos anticipados a la verdadera hora de los sables libertadores. Si nuestra explicación alentó tal sentencia, seguramente, fue en virtud de mayor aclaración. Retadora nota que merece atención.

Las proclamas y rebeliones de la década anterior a las rotundas secesiones americanas, estuvieron lideradas las más de las veces por la casta sanguino-legal que hoy conocemos como “criolla” (1). Palabra esta que toma cuerpo en la triada cúspide de Agustín de Iturbide, Simón Bolívar y José de San Martín, quienes calzan también en la nomenclatura de criollos.

Si el lector lo permite, para mayor ventaja del presente artículo, confesamos el deseo de seguir utilizando el vocablo criollo, pero, además, aprovechando como ejemplos mejor tanteados los actos diplomáticos -que no solo militares- de aquellos tres cronometrados generales del continente, consignatarios de toda la gloria independentista.   

Ora en el punto germinal; ora en el culminante, la obra tenaz de los revolucionarios no fue necesariamente intransigente. Lo decimos con pretensión de recalcar: LOS PUEBLOS DE AMÉRICA TENÍAN UN PACTO CON EL REY, NO CON ESPAÑA (2). Los indianos no debían obediencia a un reino en tanto territorio o jurisdicción suprema sobre otras latitudes; el juramento de los cabildos americanos se mantenía con la corona católica de España, personificada en el rey y valida en otras tierras vía el virrey -alter ego del mismo monarca-. Entonces, ¿hubo traición al soberano con quien se mantuviera votos hasta entrada la década del 20 decimonónica? Creemos que no, en la mayoría de casos, incluso en los momentos epilogales de la gesta separatista.

LAS CORTES. EL PACTO. LA LEALTAD A LA CORONA.

Tomando como obligada referencia la tradición peninsular, notamos que la tipicidad en materia de representatividad nos conduce a las Cortes de León de 1188, como fuente originaria de los tres estamentos estatales (clero, nobleza y ciudadanía), y posteriormente a las Cortes de Castilla, desde las que, además de organizar gobierno y tarifario impositivo, se profundizaba siempre el pacto feudal que construía y reconstruía, sucesivamente, la legitimidad monárquica.

Es decir, en los reinos hispanos medievales el rey y el “pueblo” (3) comulgaban y necesitaban el uno del otro para desempeñar sus funciones. Por tanto, si el pacto de los privilegiados y de los no privilegiados era con una institución encabezada por la persona del rey, tal situación nos ayuda a comprender mejor por qué las Indias españolas no se zarandearon demasiado durante la guerra de sucesión (1701-1713), al reconocer en el príncipe Felipe Borbón (francés) y en el archiduque Carlos Habsburgo (austriaco) a dos postulantes legítimos al trono (4). La disputa no contagió aires caleados a los americanos y recayó, exclusivamente, en la potencialidad de alianzas y estratagemas que tuvieran ambas dinastías católicas europeas. Para los americanos, sea por línea familiar del difunto Carlos II de todas las Españas (que ambos tenían), o por veracidad de testamentos (a la que ambos podían aspirar), el pleito no encarnó en sus trópicos.

¿Qué ocurrió entonces a inicios del XIX que lo hace tan alborotado y diferente? El trauma hispánico sufrido a resultas de los antojos del emperador Napoleón, responde entonces no a un rey extranjero, sino a que José I fue un rey impuesto (ilegítimo, sin pacto de las Cortes con su monarca). Por si fuera poco, en aquellos agitados años, la impronta bonapartista traía un matiz liberal poco confiable: ¿era católico el nuevo rey? Por motivos tales, el odiado invasor quiso adelantarse y atarantar a todos, advirtiendo para “la gobernanza de España y sus posesiones (…) una perspectiva tradicional con ciertas concesiones innovadoras” (5), a través de la promulgación expedita del Estatuto de Bayona en 1808. 

Mas esfuerzos y disfuerzos de afrancesados no soliviantaron la determinación peninsular ni la criolla. El rey -el verdadero rey- ahora estaba preso, EL PUEBLO AHORA ERA EL REY. Adagio que, en el caso español, no configuraba una amenaza para quien portara la corona. Los hispanos, lejos de aprovechar la ocasión del presidio francés de Fernando VII, para desalojar a los reyes de la vida política nacional, decidieron hacer todo EN NOMBRE DEL REY: la guerra contra el ejército mejor pertrechado del mundo, cientos de juntas de gobierno, nuevas cortes, una constitución, ¡hasta los levantamientos en las provincias americanas se hicieron EN NOMBRE DEL REY! Siempre el rey, no una entidad llamada España.

LOS EJEMPLOS DE ITURBIDE Y DE SAN MARTÍN. LA EXCEPCIÓN DE BOLÍVAR.

Queda claro que conspiraciones, como la de Querétaro en México (1810), o rebeliones como la Huánuco en el Perú (1812), ni tuvieron inquietudes republicanas ni lucieron desarraigo a la corona hispana. Lo que sí, en épocas de flaquezas y tibiezas pro francas, demandaban fidelidad a Fernando VII (fidelidad dual, de ida y vuelta) y exigían el cumplimiento de las disposiciones que poco a poco se iban conociendo a través de la Junta Suprema Central del Reino (Junta de juntas, más tarde conocida como Consejo de Regencias de España e Indias) o de las mismas Cortes de Cádiz.

Pero, tal hemos señalado líneas arriba, queremos centrarnos no en casos previos a la irrupción de los generales victoriosos contra España, como son Iturbide o San Martín, sino, más bien, en el accionar mismo de cada uno de estos. Corroboraremos así que aun los consagrados héroes de la Independencia, cerca al corolario y al sello indeleble de sus campañas, siguieron proponiendo lealtad A LA CORONA (al rey católico hispano), aunque ya no exactamente a otro “reino extranjero”, tal como empezara a ser tildada, para 1820 y 1821 en adelante, la España de allende el mar Atlántico.

Fracasada la Constitución de Apatzingán (1814), la primera firmada en suelo mexicano, Agustín de Iturbide le propone al virrey de Nueva España (6), don Juan José Ruiz de Apodaca, el Plan de Iguala (24 de febrero de 1821), cuyo segundo término afirma “Mantener la monarquía encabezada por Fernando VII o alguno de los miembros de la Corona española”.

De este plan, ya sin los titubeos del deportado Ruiz de Apodaca y tan solo con un “virrey provisional” para la transferencia del poder a los insurgentes, luego se firmarán los Tratados de Córdoba (24 de agosto 1821), en cuyo tercer apartado todavía queda escrito “Será llamado a reinar en el Imperio mexicano, en primer lugar el señor don Fernando VII, rey católico de España; y por su renuncia o no admisión, su hermano el serenísimo señor infante don Carlos; por su renuncia o no admisión, el serenísimo señor infante don Francisco de Paula; por su renuncia o no admisión, el serenísimo señor don Carlos Luis de Borbón Parma, infante de España, (…); y por renuncia o no admisión de este, el que las Cortes del Imperio designen”.

¿Traidores estos revolucionarios? ¿No agotaron, acaso, todo sudor para mantener a los borbones (católicos e hispanos, repetimos) en la corona del nuevo reino independiente?

Al paso que se iban reponiendo sucesivos congresos en el extremo meridional americano, como el de Tucumán (1816), en el que se redactaba la Constitución de las Provincias Unidas de Sud-América (1819), San Martín acerca al virrey del Perú, don José de La Serna y Martínez de Hinojosa (7), una negociación de paz, en las famosas Conferencias de Punchauca (entre el 4 de mayo al 2 de junio de 1821), cuyo tenor radicó en solicitar a las Cortes reinstauradas que escogieran a un infante de España -un príncipe Borbón, por supuesto- que debía ser proclamado Rey del Perú.

La Serna vislumbró maña en el petitorio y, con los días, reconoció que San Martín iba ganando tiempo en detrimento de la regia causa suya. Más allá de esta virreinal suspicacia, la negociación quedó sin respuesta, lo cual demuestra, también, que su planteamiento no fue descabellado ni para insurgentes, ni para las propias fuerzas oficiales, aún gobernantes.

Nuevamente, ¿vemos a los rebeldes enviando al cadalso o al paredón a las autoridades realistas, desde un primer momento? Con claridad, no sucede esto en los casos del Perú ni de México. Tuvieron que agotar toda contingencia para, recién, dar rienda suelta a la trascendental decisión de no reconocer más en ningún rey o príncipe hispanos el don de mando.

Bolívar sí impuso la guerra “a muerte” desde el inicio de su estremecedora corriente. Por ello, más de un autor indoamericano ha señalado con cierta acrimonia las palabras de Carlos Marx: “Mediante su guardia de corps colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura. (…) Mientras tanto su posición se había fortalecido, (…), en parte por la conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del Código de Napoleón. (…) Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho, logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú” (8).

El prusiano dejó entrever que Bolívar fue además un traidor con su maestro, Francisco de Miranda, y dejó en tinta una sarcástica y perniciosa calificación para el generalísimo de Caracas: “Napoleón de las retiradas”, en alusión a los varios reductos que alojaron convenientemente, en momentos decisivos, al caudillo caribeño. ¿Era odio el de Marx contra Bolívar? No. Sencillamente, era la visión de aquel que, a través del prisma europeo, analiza la desintegración de un imperio como el español y detecta, en uno de sus máximos puntilleros, el irrespeto total por LA CORONA que lo cobijara por tantos años. Marx conocía también acerca de los otros libertadores; de ellos no expuso queja.

PARA PONER FIN

Quienes consuman la independencia son antiguos defensores del dominio metropolitano. No es posible compeler a tales personajes al olvido inmediato de recientes hazañas (9), como no es posible reproche alguno por recular en cierto tramo de las tensiones emancipadoras.

La espada extremó su filo a cada instante; sin embargo, el certero sablazo que cortó ligas con España fue postrero. Mucho se hizo, en guerra y en diplomacia, antes de que los nuevos países despidieran a la corona que ahora tenían que aprender a mirar como ajena (10).

La final determinación de jugársela por la fundación de Estados independientes ya no podía ser -ni parecer- un titubeo. El pacto entre América y España no se rompió de manera unívoca; fue un desencuentro bilateral.

Postulamos que, tal vez, la gimnasia rítmica de los Bonaparte, mostrada en el Estatuto de Bayona, y la reimplantación pifiada y desesperada de la Constitución Liberal (1820-1823) por Fernando VII, a regañadientes, dieron arte y maniobra suficientes a los generales triunfantes de América para finiquitar el juego con la España de sus padres y la suya propia.

Es cierto, se pensó en Estados nuevos y fuertes, de proyección regional, y solo se consiguió repúblicas de dudoso futuro. Pero, no por tales o cuales fracasos, debemos soslayar el vademécum emancipador: LA INDEPENDENCIA MANTUVO VOCACIÓN LEAL A LA CORONA hasta donde pudo y, como todo, también la vocación llegó a su fin.

  1. Severo Martínez Peláez. La patria del criollo, 1973. El autor sostiene que el término criollo, en aquellos años de principios del s. XIX, identificaba a aquellos mestizos que podían cotejar con sinfines de actas su reciente ascendencia hispana. Con dicho dato, Martínez Peláez asevera que el criollo descendiente ‘puro’ de español no existió sino en muy pocos casos. El criollo sería un tipo más de mestizo.
  2. Jaime Rodríguez Ordóñez. Las Nuevas Naciones: España y México, 2008.
  3. Concepto con categoría prácticamente actual, debido a su significación en torno al voto popular ejercido en las principales ciudades y villas adscritas a sus respectivas coronas. Dispuesto así por Alfonso IX (1171-1230), rey de León.
  4. Al punto que el Consejo de Electores y las 12 panacas reales del Cusco siguieron llamando “Inca” a los borbones Felipe V, Luis I, Fernando VI y Carlos III, durante el s. XVIII, como lo hicieran antes con los Habsburgo y como, seguramente, lo hubiesen seguido haciendo con estos mismos si se sobreponían a la sucesión.
  5. José I. López Soria. Conceptos de filosofía política en la Constitución de Cádiz, ensayo incluido en Las Cortes de Cádiz y su impacto en el Virreinato del Perú, 2018. López Soria señala el art.1 (de la religión católica como única “del Rey y de la Nación”) y el art.87 (de “los mismos derechos de las provincias y la Metrópolis (…) y, por tanto, libres para desarrollar todo tipo de cultivo e industria”).
  6. En cuerpo de Jefe Político Superior de Nueva España a razón de la reinstauración de la Constitución Liberal entre los años de 1820 a 1823 y la abolición del título de virrey.
  7. Este sí como virrey debido a su abandono de la plaza limeña y a la (re)fundación del Cusco como nueva y última capital del Virreinato del Perú.
  8. Carlos Marx. Bolívar y Ponte, artículo publicado en The New American Cyclopedia, 1858.
  9. Francisco Xavier Venegas, posterior virrey de la Nueva España, y José de San Martín, posterior libertador del Cono Sur, participaron juntos en la batalla de Bailén (1808), contra las tropas de los Bonaparte.
  10. De hecho, México decidió no extrañar corona alguna y lució la suya propia en la mollera de Iturbide, recientemente estrenado como emperador, el 21 de julio de 1822.

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