Punto de Encuentro

En la era de la IA, aún necesitamos «seguir siendo humanos»

10 Agosto, 2026

John Pan

Por Chengzun Pan

Hace unos días, un amigo me envió un largo comentario sobre Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, publicada en mayo de este año.

El comentario era extenso, pero sus principales ideas pueden resumirse en varios puntos: los algoritmos pueden reducir a una persona, con toda su complejidad, a un conjunto de datos y una puntuación; la inteligencia artificial puede utilizar nuestros hábitos, preferencias e incluso temores para influir en nuestras decisiones; la enorme cantidad de datos personales que generamos puede poner en riesgo nuestra privacidad; los textos, imágenes, audios y videos creados mediante IA pueden hacer cada vez más difusa la frontera entre lo verdadero y lo falso; la automatización puede transformar el significado del trabajo; y un reducido número de organizaciones que concentran datos, capacidad de cómputo y modelos de IA podría llegar a ejercer una influencia social sin precedentes.

Pero detrás de todas estas cuestiones existe una pregunta todavía más profunda: cuando las máquinas sean capaces de realizar cada vez más tareas que antes solo podían hacer los seres humanos, ¿qué significa realmente ser humano?

Es una pregunta interesante. En una época en la que la inteligencia artificial todavía puede considerarse una tecnología relativamente nueva, es comprensible que genere preocupación. Muchas personas aún no han aprendido realmente a utilizar y controlar esta herramienta, pero ya observan que demuestra capacidades cada vez más parecidas a las humanas.

Puede escribir artículos, crear imágenes, traducir, analizar información médica, buscar precedentes jurídicos, conversar con nosotros e incluso simular consuelo, comprensión y empatía. Por eso, una pregunta que antes parecía pertenecer únicamente a la ciencia ficción aparece cada vez con mayor frecuencia en las conversaciones cotidianas: si las máquinas siguen haciéndose más inteligentes, ¿llegará un día en que superen al ser humano?

Esta preocupación frente al poder creado por nosotros mismos no es algo nuevo en la historia de la humanidad. El relato de la Torre de Babel, en el libro del Génesis del Antiguo Testamento, puede entenderse como una antigua advertencia: cuando el ser humano adquiere capacidades cada vez mayores gracias a la tecnología, la organización y un lenguaje común, también puede caer en la ilusión de considerarse omnipotente e intentar superar los límites de su propia condición.

Sin embargo, si observamos el desarrollo de la civilización humana, descubriremos otro hecho igualmente interesante: la historia de nuestra civilización ha sido, en buena medida, un proceso continuo de transferir algunas de nuestras capacidades a las herramientas.

El automóvil sustituyó parte de la función de nuestras piernas; las grúas multiplicaron nuestra fuerza; las calculadoras asumieron una enorme cantidad de cálculos; las cámaras fotográficas nos ayudaron a conservar recuerdos; e Internet hizo innecesario almacenar en nuestra propia memoria una gran cantidad de conocimientos. Pero nadie piensa que el automóvil amenaza la dignidad humana porque corre más rápido que nosotros, ni que la calculadora haya privado al ser humano del sentido de su existencia porque calcula mejor y más rápido.

Por más inteligente que sea una herramienta, quien la utiliza sigue siendo el sujeto responsable. En julio de 2026, una abogada canadiense fue suspendida del ejercicio profesional durante seis meses después de utilizar en documentos presentados ante un tribunal precedentes judiciales falsos generados por IA. Este caso plantea una pregunta muy sencilla para la era de la inteligencia artificial: si una abogada dijera ante el juez: «Ese precedente no lo inventé yo; me lo dio la IA», ¿podría quedar exenta de responsabilidad? Evidentemente, no.

La IA puede ayudar a un abogado a buscar información, organizar documentos jurídicos e incluso participar en el análisis de un caso, pero quien finalmente firma y presenta esos documentos ante el tribunal sigue siendo el abogado. El mismo principio se aplica a los médicos, periodistas, profesores, directivos de empresas e incluso a cada uno de nosotros.

Creo que el significado de «seguir siendo humanos» va mucho más allá de asumir responsabilidades. Las verdaderas fortalezas de las máquinas están en el cálculo, el almacenamiento de información, la clasificación, la comparación y la identificación de patrones. En esos terrenos, el ser humano no tiene ninguna necesidad de competir con ellas.

Pero el valor del ser humano nunca debería depender de poder decir: «Yo calculo más rápido que una máquina». Lo que nos hace humanos pertenece también a dimensiones completamente diferentes.

Yo mismo utilizo la inteligencia artificial con mucha frecuencia. Y cuanto más la utilizo, menos razones encuentro para temerla. Es una herramienta extraordinariamente poderosa. Puede ayudarnos a organizar nuestras ideas, buscar información, descubrir cuestiones que no habíamos considerado e incluso poner a prueba nuestros propios puntos de vista.

Todo esto me lleva a comprender de otra manera aquella sencilla pero profunda invitación de Magnifica Humanitas: «seguir siendo humanos».

En la era de la inteligencia artificial, quizá lo que realmente debemos preservar no sea nuestra superioridad frente a las máquinas en capacidad de cálculo, porque no es necesario competir en ese terreno y probablemente tampoco podremos hacerlo indefinidamente.

Lo que realmente debemos preservar es la libertad de pensamiento, la capacidad de formar un juicio propio, el derecho a elegir, la responsabilidad por nuestras decisiones y la capacidad de dar nosotros mismos sentido a nuestra existencia.

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