Punto de Encuentro

El desprecio a lo que ignoras

21 Abril, 2015

Omar Via

La segregación no alegra a nadie,  no a nadie que se digne de llevar consigo la conciencia de las explicaciones básicas de cualesquiera hechos que, pedantemente, denominamos  fenómenos; así como de ser conscientes de las mínimas reglamentaciones del comportamiento cívico y civilizado que le corresponde a cada quien dentro de una sociedad.

Mencionábamos la alegría, y presuntamente pueda ser esta sensación la que experimenten los ejecutores del acto segregacionista al llevarla a cabo, pero no cabe duda ninguna de la mala afección a la que está sometida la víctima del mismo acto, como receptor de tan desdichada y vacua resonancia.

El actual relato comprende a dos señoritas muy cercanas, muy íntimas y muy felices sentadas, una con otra, en una mesita de una calle miraflorina harta transitada y visitada en donde solamente observaban, reilonas ellas, los posibles nuevos mensajes o memes desde uno de sus smarphones. Es decir, compartían su momento, como todos los presentes que en ese espacio conservaban compañía.

Ellas conversaban de tal manera que nadie daba mayor cuenta de su existencia, digo de su presencia; pero, precisamente, quien menos podría haber reclamado modos y modales a cualquiera (por andar cubierto de una casaca y pantalón de ridículas proporciones y de un espíritu muy confundido) saltó enfrentando a las muchachas y a gritarles que alejen sus cabezas, sus torsos y sus piernas, pero también ¡sus labios!

La pareja no mantenía una posición encarada, más bien fue sólo el instante ofrecido al bus que hizo que sus mejillas se ruborizaran en feliz contacto, pero, en mayor tiempo, la que no sostenía el tecnológico cachivache, abrazaba a su compañera desde atrás en postura de materno afecto, casi de protección. ¿Algo de esto pudo ver el susodicho entrante en acción? No, claro está. El desubicado alcanzó a ver repulsión total a sus sentidos, vio una amenaza a sus valores (que no deben ser los de la humanidad), vio, además, dos féminas indignas del alto cargo de la belleza, y vio, por si fuera poco, la demostración de su vasta ignorancia encarnada en las amantes y, con esto, el miedo a no comprender, a no querer comprender nada. Vio la ignorancia misma, cuando esta te carcome.

¿Qué les gritaba? ¡Déjense de abrazar! ¡Sepárense! ¡Váyanse! ¡Qué le diría a mi hijo si las viera a ustedes! ¿Qué hicieron? Ni se dejaron de abrazar, ni se separaron, ni alejaron la corta distancia de sus vientres y, con suerte,  no apareció ningún hijo de nadie. ¿Entendió, el megafónico ambulante miraflorino, que se trataba de dos (supongo) señoritas que pretendían pasar un buen rato en público? Mejor sería creer que no lo entendió; de no ser así, a sus tristes dotes de moralista habría que sumarle la de aguafiestas.

Pudimos ver con estupor y no con poca rabia como una persona tan próxima a nuestros puestos insultaba a otras dos personas por la sencilla razón de no poseer grado alguno de entendimiento sobre la sexualidad de los siete mil millones de habitantes sobre esta Tierra, en la que, según nos gusta presumir, es la misma cantidad de sexualidades que existen y que se practican.

Qué gran sufrimiento es para algunas personas no lograr discernir dos ideas: existen dos sexos, nadie lo niega, pero un sinfín de sexualidades. Y se está feliz en el instante que uno otorga toda concesión a su par, en esta muy peliaguda carrera por encontrarlo.

Esas chicas parecían disfrutar de lo suyo; lo que parecían querer disfrutar era el momento, y no se los permitió la ignorancia, el desprecio por lo que se ignora. La vida, en cada manifestación, muestra tener menos límite e incluso menos explicaciones sesudas para una y todas las actividades que se puedan emprender. Amar, si este es el caso, es también una actividad. Algunos más o menos bravos para afrontarla, pero todos con la misma capacidad de ejercerla.

¿Que no se pueda explicar que dos mujeres o dos hombres o dos mujeres más un hombre se besen en público? No es tan difícil de explicar lo que  deja de ser común si desde niños alimentamos tanto el cerebro, como el estómago. No en vano, lo que en boca cayó, por lugar distinto se desbocó, mientras que lo refugiado en el cerebro no cumplirá con la consecuente ley biológica del desecho, sino, en todo caso, con la de la discriminación; la buena.

Cada nuevo escenario merece concitar en los individuos el hermoso dilema de la duda, también el de la sospecha. Si no confluyen las conclusiones con nuestros gustos y moldes personales, pues bien, de eso se trata, de saber por qué somos indiferentes a tal o cual circunstancia. Pero lo que jamás ayudará a cimentar ciudadanía, o mejor aún, humanidad, será el exilio al que forcemos a nuestra voluntad de mayor conocimiento y empatía.

Contar que al desatinado personaje de marras, le propinamos mil empellones, uno o dos golpes y terminamos por entregarlo a un guardia municipal que, extemporáneo, pasaba, no tiene mayor valor. Por lo menos, no mayor al que aprendimos esa tarde.

Aquella pareja no pudo presenciar nuestra virulenta respuesta a su agresor ya que prefirieron buscar (seguir buscando) un lugar apacible ante la concatenación de vituperios. Después de recorrer el desierto se encuentra un lugar. En eso estamos todos, no somos tan distintos al prójimo que, si le ponemos atención, podría ser quien esté más próximo a nosotros. De allí que no sea casual la composición ortográfica de esas dos esdrújulas.

Ellas fueron nuestro prójimo aquella tarde. ¿Qué nombres tendrán? Pero decíamos, valor verdadero fue el que aprendimos gracias a su actitud decente y sobria. De encontrarlas nuevamente no nos atreveríamos a contar nuestra insignificante gresca, sino las felicitaríamos por la enorme convicción con que ellas llevan su pacífica y amorosa gesta por el mundo. Eso siempre enseña. Y se agradece.

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