Punto de Encuentro

UN NUEVO ÍNDICE (IN) SÓLITO DE CRIMINALIDAD Y VICTIMIDAD PARA EL PERU

Hoy leo en el Diario El Comercio una noticia que informa que el Perú tiene la tasa más alta de delincuencia en Latinoamérica. El sub título da cuenta que el Perú es el país con mayor victimización. Se ilustra la noticia con un mapa de la victimización. La fuente informativa corresponde al Barómetro de las Américas 2014. En realidad, el sentido y alcance de la noticia no son nuevos. Ocurre que los índices de criminalidad y victimización siempre han sido altos en nuestro país, pero nos hemos insensibilizado frente a ellos, nos hemos (mal) acostumbrado a convivir con la violencia y la corrupción.

Concurro con Kitsuse, J. y Cicourel, A. (1963:135) cuando sostienen en “A note on the uses of oficial statistics” su tesis acerca de que “las estadísticas no reflejan los actos delictivos, sino los procesos por los cuales estos comportamientos han llegado a plasmarse en cifras oficiales”, lo cual significa que las estadísticas muestran el disímil seguimiento policial, con lo que los índices de criminalidad no dependen de que se lleven a cabo una mayor o menor cantidad de actos criminales, sino que las acciones ejecutadas por los agentes oficiales generan los índices de conductas desviadas al definirlas, clasificarlas y registrarlas.

Sin embargo, no por eso debe dejar de llamarnos la atención la noticia en comento, pues al sostenerse que los índices de criminalidad no dependen de la mayor o menor comisión de delitos, se está estableciendo que éstos son objeto de una mayor o menor persecución, de donde se deduce que la denominada cifra oscura del crimen es aún mayor. Y esto es lo preocupante por la naturaleza estructural del problema criminal.

Si bien el proceso de socialización de cada individuo, en los valores socio culturales y normas, debe evitar la desviación, un primer problema aparece cuando el individuo aspira a alcanzar los objetivos que son valorados en cada sociedad, con lo cual orienta sus deseos culturalmente y los medios que le permitirán conseguirlos, y la sociedad pone mayor acento en el objetivo que en los medios. El segundo problema surge cuando las posibilidades de alcanzar los objetivos no están repartidas igualitariamente. Entonces, la delincuencia es una respuesta a los problemas estructurales de la sociedad, no un fenómeno coyuntural producto del carácter anómalo, patológico y egoísta del delincuente.

De acuerdo con la Teoría del Etiquetamiento, la desviación no es una cualidad del acto, sino una consecuencia del control social, esto es, de la aplicación de las reglas y sanciones, por lo que el acto desviado no existe independientemente del proceso de reacción social negativa, por ello el delito es un constructo social, lo desviado es el significado que se le atribuye. Esto se ilustra sencillamente con la socialmente extendida opinión acerca del que roba pero hace obra; o de los llamados delitos de cuello blanco (contra la administración pública).

Pero la reacción social negativa no es el único criterio para establecer la desviación. En efecto, el proceso de etiquetamiento cumple funciones sociales con independencia del acto etiquetado. Más allá de la inocente postura de que el castigo confirma los valores vulnerados, el etiquetamiento estigmatiza al individuo y lo presenta como chivo expiatorio para afirmar la solidaridad social: No hay nada que una más que estar en contra de alguien.

El delito común ¿existe en la cantidad que se nos presenta? Políticos y medios de comunicación nos presentan a la delincuencia como el problema, lo cual genera indudablemente pavor moral, terror irracional, además por la impregnación de las representaciones mediáticas distorsionadas. ¿El monto de todos los delitos contra el patrimonio perpetrados en un determinado período de tiempo en el país, será mayor que el monto de lo defraudado tributariamente o por la corrupción dorada? ¿La cantidad de homicidios dolosos en el país será mayor a las muertes por desnutrición, carencia del servicio de salud, epidemias, desastres naturales?

El delito es realmente un comportamiento extraño y ubicuo (está en todas partes) destinado a conseguir determinados fines deseados por quien lo comete. Esta persona no es un ser monstruoso ni diferente a los demás, simplemente ocurre que carecen de poder para evitar el etiquetamiento o, debido a distintas y numerosas causas, motivaciones o contingencias facilitadoras, no pueden reprimirse y son vencidos por sus deseos.

Convenzámonos de una buena vez, ¡La delincuencia es reflejo de nuestros problemas!

Que la acostumbrada e indignante noticia que nos ha motivado a escribir esta opinión, nos mueva seriamente a diseñar con el auxilio de la Criminología, una eficaz política criminológica para prevenir, reducir y controlar la criminalidad.

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