Punto de Encuentro

La ciencia política y la criminología

Debemos entender por Ciencia Política el estudio metódico, a través de técnicas y modelos, que organiza el conocimiento sobre la actividad destinada al fenómeno, universal e indispensable, de la asunción del poder para la solución de los problemas comunes de una colectividad humana.

Por Criminología debemos concebir el estudio científico de las causas del crimen, el infractor, la víctima y el control social, con fines de diseñar y adoptar lineamientos de política para prevenir, controlar y sancionar la criminalidad.

¿Hay entonces una relación entre ambas ciencias sociales?

Por supuesto, y es una concordancia directa y estrecha la que vincula a ambas, desde que la dirección de toda colectividad nacional,  supone necesariamente la previsión y el logro de fines esenciales, tales como, el bienestar general y la seguridad integral, que constituyen los propósitos comunes a todo estado, cuyo cumplimiento se persigue desde diversas ideologías.

La seguridad integral y el bienestar general son, sin lugar a dudas, interdependientes y complementarios, porque no puede existir la una sin el otro, y su evolución debe ser proporcional, es decir, a mayor bienestar se necesita más seguridad; y una mejor seguridad depende de un mayor bienestar. Los conceptos anteriores se miden en términos de desarrollo y defensa.

Hacer frente a la criminalidad en una sociedad, requiere de una política criminológica sustentada en el saber criminológico, para evitar su crecimiento exponencial y la sobre victimización. El control social ejercido por el Estado por medio del derecho penal, ha sido históricamente infructuoso, por su carácter selectivo, discriminador, meramente retributivo y tardío. Imponer penas por el mero hecho de castigar, sin ninguna finalidad rehabilitadora, hace del Estado una estéril máquina punitiva y reaccionaria, cuya desviación o exceso se conduce a crear criminales para castigarlos. 

Ciertamente, ese no es el objetivo de buen funcionamiento del Estado al que aspira la Ciencia Política, así no se solucionan los conflictos sociales, creando nuevos tipos penales, agravando las penas, eliminando beneficios penitenciarios, construyendo más cárceles. La evolución de la Humanidad, en otros aspectos, nos ha permitido superar al homo faber y al homo sapiens. Es momento que el homo politicus descubra al homo creator para recrear y rehacer las cosas que se han vuelto paradigmáticas, pero meramente simbólicas, en el dramático tema del crimen y el castigo. No hay otra inmunización contra el despropósito autoritario.  De esta manera podemos superar la ineficacia de un derecho penal ilusorio.

A partir de la dolorosa realidad penal, debería surgir la conciencia que la política penal no puede seguir desconociendo las investigaciones criminológicas ni las victimológicas, pues son ramas de un mismo tronco, que no es posible seguir desconociendo o ignorando. Si bien la historia nos muestra que sin sanciones penales la convivencia social deviene imposible, no olvidemos que los principios represivos de control social deben admitir excepciones, en términos de perdón, indulgencia, gracia, esto es, combinarse con el principio de humanidad. Los antiguos romanos decían: “Summum ius, summa injuria”, para expresar que sumo derecho es suma injusticia, en el sentido que la aplicación de la ley con una finalidad vindicativa únicamente, puede convertirse en una grave forma de injusticia.

El insigne educador Jean Piaget nos ilustró en el sentido que la socialización nos enseña a ver, discernir y constatar lo que se considera conveniente; razón por la cual hay que tener mucho cuidado en las novedosas formas de socialización en boga, hijas de una razón postindustrial, que se ciernen sobre las colectividades como corceles apocalípticos que traen inhumanidad, depravación, desenfreno, violencia, abuso de poder, desmoralización alienación, apatía, vacío existencial, todo ello y más, en un cóctel explosivo del que beben las actuales generaciones.

Antonio Beristain, aquel ilustre penalista español, nos recuerda que “la desmoralización actual se gesta al perder sentido la vida, momento en el cual lo pierden también las normas conforme a las cuales se regula ésta”. Es aquí donde nos situamos en el pórtico de la desviación social y la infracción penal. Pero esto no se arregla a punta de castigo, sino de educación y prevención.

La Ciencia Política inmortaliza que el Estado es para el hombre y no al revés. La Criminología nos enseña que al ser el sistema penal un instrumento estatal de control social, es pertinente traer a colación la sugerencia de Gustav Radbruch, insigne profesor universitario alemán, de no hacer un derecho penal mejor, sino de hacer algo mejor que el derecho penal, pues no habrá paz sin justicia verdadera, hasta que se respete la dignidad de la persona humana.

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