Dambisa Moyo, es una analista reconocida y escribe para “Project Syndicate”, que dos siglos y medio después; La riqueza de las naciones es OK para comprender las fuerzas que impulsan la desglobalización, la agitación tecnológica y el aumento de la desigualdad.
Lejos de defender un capitalismo sin restricciones, Smith reconocería los límites de los mercados y la necesidad de supervisión.
La idea de Smith, de la "Mano Invisible”, de que individuos que persiguen sus propios intereses en mercados competitivos pueden avanzar en el bien general, es importante.
Su famoso ejemplo de la fábrica de alfileres, que ilustraba cómo la especialización en las etapas de producción aumentaba drásticamente la eficiencia y la producción, es igualmente instructivo.
La globalización moderna impulsó décadas de crecimiento global.
Hoy las fuerzas que impulsan la desglobalización van directamente en contra de la creencia de Smith en mercados competitivos, porque los aranceles distorsionan el comercio, las barreras regulatorias restringen los flujos de capital y las fronteras cerradas limitan la movilidad laboral y con una crisis migratoria de mas de 100 millones de personas en todo el mundo.
Smith lo vería esto como un lastre para la eficiencia, el crecimiento y la prosperidad.
Y con el cambio climático, se reprocharía a sí mismo subestimar gravemente los costes sociales de la industrialización.
La enorme riqueza de la Revolución Industrial no anticipó sus externalidades negativas significativas, como la contaminación y el efecto invernadero.
Definir claramente quién soporta los costes de externalidades puede permitir a los mercados encontrar soluciones eficientes.
Smith también se opondría a prohibiciones generales que restringen la elección individual.
En la medida en que se necesiten impuestos al carbono, insistiría en que sean transparentes y diseñados para fomentar una producción más limpia en lugar de castigar a los contaminadores.
Aunque Smith acogería con satisfacción el potencial de la IA para aumentar la productividad y el crecimiento económico, le preocuparía el creciente poder de mercado de las grandes empresas tecnológicas.
Y la IA concentra en los propietarios de capital y no en los trabajadores, la distribución de las ganancias.
Se horrorizaría por el aumento de la desigualdad de ingresos y riqueza, y el tema de la educación y la sanidad.
En un mundo donde las máquinas generan enormes cantidades de riqueza, el Smith actual podría defender trasladar una mayor parte de la carga fiscal a empresas altamente productivas mientras refuerza las redes de protección social.
Y daría mayor margen al Estado para financiar bienes públicos mediante impuestos.
Smith suele ser retratado como el primer defensor del capitalismo desenfrenado, que creía que los mercados podían resolver cualquier problema.
Pero esto es una caricatura Smith era, ante todo, un pragmático.
Sabía de los excesos financieros y las manías especulativas detrás de las burbujas del Misisipi y el Mar del Sur a principios del siglo XVIII. Y sus ideas siempre se basaron en una filosofía moral más amplias, contra el amiguismo, la colusión y el monopolio.
Hoy defendería un equilibrio entre los mercados y a mitigar externalidades y prevenir un poder de mercado excesivo.
Por ello, dice la autora, debemos mantener ese equilibrio confiando en los mercados donde funcionan, corregirlos cuando fallen y nunca perder de vista los fundamentos morales que sustentan un sistema económico saludable.
Impresionante el Sr Smith, sin duda. Y eso fue hace 250 años.