Punto de Encuentro

El primer mundo es sueño...y los sueños, sueños son...

El despegue del Perú hacia el primer mundo

La ruptura estructural con el modelo caviar, la izquierda socialista y la degradación meritocrática del Estado

Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.

Una crítica sistémica a la captura ideológica, la incompetencia funcional y la erosión del capital humano en la administración pública peruana

El Perú enfrenta no solo una crisis política coyuntural, sino un problema estructural mucho más profundo: la persistente incapacidad del Estado para operar con eficiencia, previsibilidad y visión estratégica. Este problema no es aislado ni reciente; responde a décadas de acumulación de prácticas políticas donde la ideología, el clientelismo y la improvisación han primado sobre la competencia técnica.

En este contexto, la crítica al denominado “modelo caviar” y a ciertas corrientes de izquierda socialista no se limita a una cuestión doctrinaria, sino a sus efectos concretos en la gestión pública. Uno de los elementos más visibles de esta dinámica ha sido la designación recurrente de funcionarios —ministros, congresistas y altos cargos administrativos— que no siempre cumplen con estándares adecuados de preparación académica, experiencia técnica o capacidad de gestión.

El problema no es únicamente político, sino funcional. Un Estado dirigido por cuadros sin la formación ni la experiencia necesarias se traduce en políticas públicas deficientes, decisiones erráticas y una incapacidad crónica para ejecutar proyectos de alto impacto. Esto genera sobrecostos, retrasos estructurales y, en muchos casos, oportunidades perdidas en sectores clave como infraestructura, salud, educación y minería.

A ello se suma una cultura política que ha tolerado —e incluso normalizado— la ocupación del aparato estatal como espacio de reparto antes que como instrumento de servicio público. El resultado es un sistema donde la lealtad política frecuentemente pesa más que la competencia profesional, debilitando aún más la institucionalidad.

Desde una perspectiva de desarrollo, este factor es determinante. Ningún país ha alcanzado niveles de PRIMER MUNDO con un aparato estatal débil, improvisado o capturado por intereses ideológicos o clientelares. Las experiencias internacionales muestran lo contrario: Estados con burocracias altamente profesionalizadas, sistemas meritocráticos y una clara orientación a resultados.

El Perú, en cambio, posee una paradoja crítica: abundancia de recursos y potencial económico, pero limitaciones severas en su capacidad de gestión pública. La riqueza minera, la posición geoestratégica y las oportunidades en mercados globales requieren un Estado capaz de actuar con precisión técnica, no con improvisación política.

Por ello, el verdadero despegue hacia el PRIMER MUNDO exige una doble ruptura. Por un lado, una revisión crítica de los enfoques ideológicos que han promovido desconfianza hacia la inversión y expansión ineficiente del Estado. Por otro, una transformación profunda en la calidad del capital humano que dirige las instituciones públicas.

Esto implica establecer criterios estrictos de selección basados en mérito, formación y experiencia; reducir la politización de los cargos técnicos; y construir una cultura de responsabilidad y evaluación permanente en la gestión pública.

El desarrollo no es solo una cuestión de recursos o de discurso político, sino de ejecución. Y la ejecución depende, en última instancia, de las personas que toman decisiones.

El Perú no necesita más Estado, ni menos Estado: necesita un mejor Estado. Uno capaz, técnico y profesional. Porque el salto al PRIMER MUNDO no se bloquea únicamente por la ideología, sino por la incompetencia.

El Perú no fracasa por falta de recursos, sino por la forma en que administra su poder.

Y mientras la incompetencia sea tolerada y la mediocridad institucionalizada, el PRIMER MUNDO seguirá siendo una aspiración retórica y no una realidad alcanzable.

 

NOTICIAS MAS LEIDAS