La ciencia política latinoamericana está consolidando un régimen propio de saber. El XIII Congreso Latinoamericano de Ciencia Política, organizado por la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política - ALACIP y la Sociedad Argentina de Análisis Político - SAAP, celebrado en Buenos Aires, en la Universidad Torcuato Di Tella, del 21 al 24 de julio del 2026, tuvo como lema “Cuatro décadas de democracia en América Latina: entre el fortalecimiento y la erosión en un mundo incierto”. Este evento académico puede ser interpretado como un acontecimiento extraordinario en la genealogía de la disciplina en la región. En verdad, las conferencias, los paneles, las presentaciones de libros, dan cuenta de que la ciencia política latinoamericana comienza a hablar desde sí misma, a elaborar sus propias agendas, categorías, y a ejercer una reflexividad crítica sobre su historia disciplinar. Para mí, dicho evento tuvo un sentido profundo, fue escena de autoconstitución, pues la comunidad politológica se reconoció como productora de problemas, conceptos, archivos y criterios propios de legitimidad. Michel Foucault enseña que una disciplina es un conjunto de saberes institucionalizados y, a la vez, un dispositivo de ordenamiento del discurso. Una disciplina selecciona objetos, establece umbrales de cientificidad, distribuye posiciones de autoridad y determina qué enunciados pueden ser admitidos como verdaderos. Por ello, la ciencia política produce conocimiento y, a la vez, se organiza en la relación entre saber y poder. Es decir, el campo politológico jerarquiza, clasifica, normaliza y excluye. La ciencia política latinoamericana se construyó, por mucho tiempo, dentro de una división internacional del trabajo intelectual. América Latina aparecía como objeto empírico antes que como lugar legítimo de enunciación teórica. Es decir que, los grandes centros de producción de conocimiento, sobre todo de Estados Unidos de Norteamérica, producían las teorías, los métodos y los criterios de validación; en tanto que, América Latina debía proporcionar los casos, las anomalías, las crisis políticas. Foucaultianamente, operaba una tecnología disciplinaria, una vigilancia metodológica, una clasificación bibliométrica, una jerarquización editorial y una normalización conceptual. Parecía como si América Latina, y el sur epistémico periférico, debían demostrar sus cientificidades ante tribunales epistemológicos externos. El campo politológico occidental funcionaba como una instancia de examen, que comparaba, calificaba y distribuía reconocimiento.
El Congreso de Buenos Aires, y sus agendas disciplinares, permite advertir un desplazamiento en ese régimen de saber. La ciencia política latinoamericana ya no se limita a ocupar el lugar del objeto empírico y examinado, sino que comienza a constituirse como sujeto de problematización. Produce sus agendas desde la historicidad concreta de sus democracias, sus élites, sus partidos, sus desigualdades, sus violencias y sus formas específicas de gubernamentalidad. En clave foucaultiana, este proceso en el campo disciplinar supone la construcción de un archivo propio. Se trata de construir un archivo politológico latinoamericano que determine qué experiencias deben ser interrogadas, qué conceptos revisados y qué discontinuidades visibilizadas. Es decir, lo latinoamericanamente pensable y decible. Se trata de una ciencia política reflexiva, que interrogue sus propios fundamentos y sus relaciones de poder para comprender cómo se produce el conocimiento disciplinar. La institucionalización disciplinar consiste en producir un campo capaz de reconocerse en una memoria intelectual, disputar los criterios de verdad y definir los problemas que considera fundamentales. La autonomía disciplinar latinoamericana significa transformar la posición desde la cual se dialoga. Finalmente, la ciencia política latinoamericana puede construir su régimen propio de saber, porque se está convirtiendo en sujeto de su propio régimen de conocimiento.