Una reflexión a propósito del nombramiento de Carlos Espá como canciller del Perú
El reciente nombramiento de Carlos Espá como ministro de Relaciones Exteriores del Perú ha despertado un intenso debate. Muchos se preguntan si el hecho de haber trabajado durante años en la Embajada de Estados Unidos significa que la política exterior peruana girará inevitablemente hacia Washington e incluso adoptará una postura contraria a China.
Carlos Espá es abogado, periodista y político. Fue becario Fulbright en Estados Unidos, conductor del reconocido programa de análisis político Cuarto Poder y, entre 2008 y 2023, dirigió las comunicaciones de las áreas de prensa, educación y cultura de la Embajada de Estados Unidos en el Perú. Precisamente esa trayectoria ha llevado a algunos sectores a pensar que su visión diplomática será necesariamente más cercana a Washington.
Es una preocupación comprensible. Sin embargo, juzgar la política exterior de un país únicamente por el currículum de su canciller resulta demasiado simplista.
Estados Unidos ha sido durante décadas uno de los principales socios del Perú y mantiene una presencia importante en ámbitos como la seguridad, la educación, la inversión, la innovación y la cooperación institucional. Además, buena parte de la clase política, empresarial y académica peruana ha estudiado o desarrollado parte de su carrera en ese país. Por ello, que el gobierno de Keiko Fujimori busque fortalecer la relación con Estados Unidos no debería sorprender a nadie.
Pero la otra realidad es igualmente evidente: China se ha convertido desde hace años en el principal socio comercial del Perú. La minería, la infraestructura, las exportaciones agroindustriales y proyectos estratégicos como el Puerto de Chancay reflejan un nivel de integración económica que difícilmente podría modificarse por la llegada de una sola persona al Ministerio de Relaciones Exteriores.
Por ello, lo más probable es que el nuevo gobierno no opte por elegir entre Estados Unidos o China, sino que busque aprovechar las oportunidades que ofrecen ambas potencias para defender los intereses nacionales del Perú.
Muchos países siguen hoy esa misma estrategia. Mantienen una estrecha cooperación en materia de seguridad con Estados Unidos y, al mismo tiempo, fortalecen sus relaciones comerciales y de inversión con China. Para una economía abierta como la peruana, esta política pragmática resulta mucho más beneficiosa que una lógica de confrontación o de alineamientos absolutos.
Lo verdaderamente importante no es dónde trabajó el canciller antes de asumir el cargo, sino si el Perú seguirá promoviendo una política exterior abierta, respetará por igual a los inversionistas de todos los países y colocará siempre el interés nacional por encima de cualquier afinidad ideológica.
Una diplomacia madura no se define por ser "proestadounidense" o "prochina". Se define por su capacidad para defender los intereses de su propio país.
En los últimos años diversas instituciones me han invitado a analizar la política peruana y las relaciones internacionales. Como consultor, siempre he considerado que un análisis responsable debe basarse en hechos y en una evaluación objetiva, no en prejuicios ni en discursos destinados a generar alarma.
Desde la perspectiva china, tampoco debería interpretarse cualquier acercamiento de un país a Estados Unidos como un alejamiento automático de China. Una gran potencia no necesita exigir exclusividad a sus socios; gana confianza demostrando capacidad de cooperación, estabilidad y beneficios mutuos.
Las relaciones internacionales no son un juego de suma cero. Un país verdaderamente fuerte no teme que sus amigos también tengan otros amigos. Del mismo modo, una diplomacia verdaderamente inteligente no consiste en obligar a otros a escoger un bando, sino en convertirse en un socio con el que todos quieran colaborar.