De un tiempo a esta parte la red del microblogging también conocida como Twitter se ha convertido en un ring de Box. Vemos puyas, insultos y peleas sin la gloria del show pugilístico. El “callejón de las cuatro puñaladas” ha quedado chico para la sarta de ofensas que se publican a diario. Autoridades, personajes públicos y cuidadanos de a pie son protagonistas de batallas campales. Esto lo podemos testificar los tres millones de usuarios peruanos que integramos esta red social.
Una muy buena amiga me confesó recientemente que no tiene ni tendrá cuenta en Twitter. ¿Por qué? Pues por el puro temor de ser insultada, juzgada y quizá humillada. No se equivoquen, este no es un miedo a la exposición, ya que diariamente hacía tres horas en vivo a nivel nacional y en señal abierta; sino a la vulnerabilidad. Superar o no a los faltosos. Aguantar o no a los malandros. Ver si te da la gana o no de estar allí, donde revienta el cohete.
Recuerdo también a un amigo periodista con casi 900 mil seguidores. Con mucha gracia y entre risas me enseñaba las sandeces que tenía que leer a diario. Me mostraba como lo insultaban sin reparo alguno. El bloqueaba, y estaba listo para hacer qborrón y cuenta nueva. Definitivamente algunos manejan muy bien esta situación.Yo no. Leer este tipo de comentarios me produce rabia y frustración. Siento que regreso a mi colegio chorrillano y se me sale el barrio.
Afortunadamente aún no me ha pasado. No quisiera tener que decirle a alguien: oye @conchatuteitter, ¿por qué no te vas un poco al @carajo?. En un caso extremo le pediría a ese o esa faltos@ que me busque en el parque frente a mi casa, para ver si me dice lo mismo cara a cara. La cosa no terminaría bien. Que no te engañe mi sonrisa. No entiendo con qué derecho podría alguien insultarme y porqué tendría yo, que soportarlo de brazos cruzados.
Twitter es solo un ejemplo, un espacio, quizá el mas incendiario. La tecnología ha marcado cambios importantes en la rutina de las personas. La aparición de la web 2.0, por ejemplo, permite que todos tengamos la posibilidad de producir contenido. Ciertamente, el flujo de información y opinión que proporcionan las redes es muy valioso. Pero muchos faltan el respeto, confunden la libertad de expresión, aprovechan la falta de censura y se escudan en el anonimato.
No hace mucho un blog especializado en tecnología filtró un memorándum escrito por la cabeza de Twitter, Dick Costolo. Con mucha vergüenza aceptaba la deficiencia de su compañía para lidiar con ‘trolls’ y reconocía que por este problema perdían usuarios. El documento finalizaba con la siguiente promesa: “Vamos a empezar a expulsar a estas personas y asegurarnos de que cuando hagan sus ridículos ataques, nadie los escuche”.
Cuando silenciar, bloquear y reportar a un usuario no es suficiente, las ofensas o agravios pueden terminar en un juicio. El abogado Erick Iriarte afirma que El Código Penal no distingue si un insulto se hace personalmente o vía Twitter, así que el demandado podría ser sancionado económicamente y hasta terminar en la cárcel. Es necesario poner un alto a los comentarios vejatorios, insultantes o que incitan al odio. Advertidos están. Dejémonos de ¡$%#¶¥£@! Y conservemos la dulzura del pajarito azul.
