Como sabemos –y con todo respeto- hay distintos grupos indígenas en varias regiones de nuestra selva amazónica que permanecen aislados y a los cuales más bien algunas empresas petroleras y madereros ilegales han contaminado sus ríos y les han transmitido enfermedades. Ellos no quieren contacto con la civilización occidental, porque las veces que ello se ha dado, se han visto perjudicados y hasta obligados a defender sus vidas y territorios.
Revisando algunos estudios sobre la juventud peruana y su relación con el mundo de la política, encuentro a un grupo -un grupo muy numeroso- que preferiría estar como nuestros indígenas: No Contactados.
Desconfían de la llamada clase política y de los partidos. Uno de esos jóvenes escépticos, me decía el otro día, que los partidos son “un conjunto inteligentemente organizado de individuos ignorantes”, definición que, por supuesto no comparto, pero entiendo que él había pasado por un partido y fue expectorado a los pocos meses pues la dinámica interna y los conflictos de poder no eran precisamente coincidentes con lo que él estaba buscando al ingresar a la política; es más, me dijo que él seguía manteniendo una buena relación con el líder del partido pero que consideraba que el mismo estaba rodeado de gente indeseable, que lo aislaba de un verdadero contacto con la gente y que lo manipulaban a su antojo. Malas noticias para alguien que se considera líder.
Ya lo decía Heráclito, 500 años antes de Cristo, que hoy, lo permanente es el cambio.
Esa perversidad que conocemos como el clientelismo político, ha dado lugar a diversas y muy graves distorsiones de la función política. Quizá la consecuencia más nefasta, sea que convirtió la capacitación en innecesaria para la consecución del poder, porque el militante no necesitaba ya entender el por qué de la existencia de la organización, le bastaba con saber quién era el que le podía “transar lo buscado”, a cambio de una lealtad, muchas veces circunstancial. Su motivación no era la de cambiar al mundo –su mundo- se reducía a tener acceso a parte –bien limitada por cierto- de algunos de los beneficios y bondades del poder mal entendido, dentro del partido, pero especialmente, en las esferas de algunas de las instancias gubernamentales.
No hay duda de que las actuales dirigencias nacionales no están en capacidad de enfrentar la multiplicidad de variables, la diversidad de situaciones que a diario confrontan los dirigentes medios y de base –donde éstos existen. Y, es que, además, no les toca decidir todo por todos.
Una de las mayores dificultades es también el problema del tamaño mismo de las organizaciones políticas; con estructuras que deben estar presentes en casi todas las divisiones político-territoriales.
Ya han pasado los tiempos dialécticos de “estamos en gobierno o estamos en oposición”, la verdad es que con la Presidencia del Ejecutivo en manos de un partido, las Gobernaciones Regionales en manos de otras fuerzas, muchas Alcaldías y regidores, repartidas de manera distinta, no podemos seguir pensando que el país es una masa amorfa a la espera de instrucciones, pues muchas situaciones no se pueden resolver en base a patrones pre-establecidos, pues es precisamente ante este reto, que fracasa cualquier partido; la única posibilidad es descentralizar la toma de decisiones, permitir que los actores tomen las decisiones, cambiando el énfasis por controlar, a controlar en base a los resultados, ha llegado el tiempo del “yo confío en usted, sólo hágalo y hágalo bien”.
Creo firmemente en el liderazgo transformacional, que apuesta por los individuos y sus capacidades para desarrollar sus potencialidades, montados en una visión colectiva. Hablo de los líderes locales, de aprovechar su rica experiencia, de ayudarlos a construir y mejorar su liderazgo, respetando su espacio y criterios de acción. Esto no es una utopía, es un reclamo generalizado, que tampoco significa que cada quién se gobierne, apelando a la anarquía como solución al excesivo control.
No es bajo sistemas rígidos e inflexibles, sino por el contrario, bajo una dimensión de amplitud, que efectivamente se podrá encarar estas exigencias de democracia interna; será especialmente importante el desarrollo del liderazgo con competencias para promover y facilitar el desarrollo de procesos verdaderamente democráticos. Hablo de la necesidad de diseñar redes organizativas con flexibilidad, modernas y con prácticas democráticas. Esas estructuras tan verticales, estructuras que no comportan la flexibilidad y la horizontalidad, sólo rigidizan los modos y las maneras de cómo atendemos cambiantes procesos sociales que a diario confrontamos.
Hablo de promover antes que controlar, pues los partidos deberían rescatar ese papel de impulsadores en el desarrollo del tejido social, de permitir elevar el capital de la compleja red de interacciones y procesos que allí se dan.
Hay un reclamo colectivo por incorporar dentro de los partidos, lo que permita crear un esquema de democracia interna, que se traduzca en el respeto por las diferencias, pues un demócrata tiene efectivamente que entender que no somos iguales -y mejor que felizmente no lo somos- pues en las distinciones es donde está la riqueza del aprendizaje colectivo para la formación de una visión compartida.
La política, esa alianza dialéctica entre el sueño y la realidad y los partidos como expresión de esos dos elementos, deben ser los instrumentos de esa visión compartida. Ahí no puede faltar la revalorización de la política como acción humana trascendente para la formación del Bien Común.
Una dirigencia salida de elecciones internas limpias, justas y transparentes, podrá no tener al principio todas las herramientas para su pleno desarrollo, pero podrá apelar al espíritu transformador de los fundadores para que, liberada de la terrible desviación clientelar y, actuando en un mundo cada día más complejo, se sienta en libertad de acción, que le demandará mayores esfuerzos de capacitación y en especial muchas destrezas para competir.
Elecciones internas sí, democratización de verdad sí, claro que sí, pero también capacitación y formación, eso que, lamentablemente la escuela formal no está siendo capaz de darnos: ciudadanos y no simples pobladores; así, los partidos políticos deben cumplir el trascendental proceso de apoyar la sociabilización de la ciudadanía a través de la capacitación, que les ayudará a entender mejor estos procesos de democratización de las organizaciones, que no pueden ser una moda sino un requisito indispensable para reencontrarse con la gente.
Esto significa, no sólo la preparación para el liderazgo o la necesaria formación doctrinaria, sino además, la preparación de técnicas gerenciales modernas, que van desde el uso del tiempo, pasando por manejo de reuniones y conflictos, hasta las que profundizan en la planificación tanto operativa como estratégica.
En definitiva estamos hablando de una nueva cultura cívica democrática, la relación partidos-sociedad civil, el tema del financiamiento y ahora su perversa relación con el narcotráfico y el tema de la relación con los medios de comunicación.
Resulta entonces difícil concebir la democratización y modernización de los partidos políticos si no se modernizan las condiciones objetivas de actuación de los mismos, y, si dichas condiciones no responden a un proyecto de democracia y de sociedad dialogado y concertado.
O lo hacemos, o los jóvenes preferirán seguir viviendo aislados: No Contactados.