Fernando Rodríguez Patrón
A propósito de las recientes declaraciones de funcionarios de ONPE y del Presidente del Jurado Nacional de Elecciones respecto a las pocas posibilidades que tengamos un masivo voto digital en las próximas elecciones generales debido a la incapacidad (actual) de auditar técnicamente el proceso y la suspicacia que ello podría generar entre los actores electorales, creo oportuno referirme a algunos ejemplos de cómo la confianza electoral en los organismos electorales elimina cualquier suspicacia sobre los resultados electorales.
Hace algunos años, tuve la oportunidad de conocer a Jean-Pierre Kingsley, quien durante 17 años (entre 1990-2007), fue el jefe de la Oficina Electoral de Canadá, lo que vendría a ser más o menos el equivalente de nuestro Jurado Nacional de Elecciones, quien en un evento internacional contó una anécdota sobre la confianza en los organismos electorales, demostrando que estos pueden sortear cualquier situación que, pese la mejor planificación del mundo, surgen de modo imprevisible. Refirió que en una elección de carácter local que se llevaría a cabo en un pueblito cercano al polo norte, debido a un súbito e inusual temporal resultaba imposible enviar el material electoral, pues se habían cerrado los aeropuertos y las carreteras estaban bloqueadas.
Debido a estas circunstancias, el jefe de la policía local llamaba impacientemente solicitando el envío del material electoral, obteniendo por respuesta que ello era imposible dadas las condiciones meteorológicas, las cuales se mantuvieron inalterables hasta el día de la elección. Es entonces que el organismo electoral ideó una fórmula para remitir el material electoral. Lo hizo a través de un correo electrónico, al cual se anexó un archivo PDF que contenía la lista de electores y una cédula de votación, pidiéndosele al jefe de la policía que imprima tantas cédulas como necesitase. El jefe de la policía hizo lo que le indicaron y la elección se llevó a cabo con toda normalidad. Nadie reclamó fraude. Existía confianza.
Un segundo caso. Un amigo centroamericano me contó un caso sobre confianza electoral que había sucedido también precisamente en Canadá, a donde había asistido como miembro de una misión de observación internacional. El día de la elección se encontraba en pueblo pequeño en las afueras de una gran ciudad y estando en el centro de votación, advirtió como una persona acudió a votar y como quien oficiaba de jefe o presidente de mesa le pidió que se identificara, a lo que el elector respondió que no había llevado documento alguno. Pese a ello, el jefe de mesa lo dejó votar ante la mirada atónita del observador electoral, quien le señaló que si todos los electores hicieran lo mismo, se podría producir un fraude electoral pues cualquier persona podría votar el número de veces que quisiera, a lo que el jefe de mesa electoral le contestó: “¿Fraude? Eso podrá ser en su país. Yo a ese ciudadano lo conozco, vive en el pueblo, por eso lo dejo votar.” Luego de esa respuesta, el centroamericano entendió el mensaje se dio media vuelta y salió sin decir palabra.
A propósito de las declaraciones de nuestros funcionarios electorales, estas cortas historias ponen de manifiesto que cuando la población confía en las autoridades electorales y los actores electorales actúan con probidad, nadie pondrá en duda de los resultados electorales. Soñar no cuesta nada.