El creciente interés de China por Latinoamérica se ha manifestado en los últimos meses de forma más concreta y con mayor intensidad que en tiempos anteriores. Una serie de acuerdos comerciales, proyectos en conjunto, e inversiones de gran envergadura, son compromisos que ha asumido el gigante asiático con distintos países de la región, en un paso más hacia su objetivo máximo de lograr su consolidación en la geopolítica mundial y hacer frente a la hegemonía económica de Estados Unidos.
El nuevo socio y sus iniciativas han sido recibidos con beneplácito por los gobiernos del continente, pues significarían un nuevo impulso para las economías de la región, que, salvo contadas excepciones, se encuentran atravesando una fase de estancamiento, por decir lo menos. Flujo de capitales, intercambio comercial, una reducción en la tasa de desempleo, son alguno de los beneficios que se pueden obtener de esta nueva sociedad.
El ambición de China por abrirse hacia nuevos mercados y expandir su área de influencia, junto a los apuros que afronta una urgida economía latinoamericana, es el escenario propicio para una relación que aparentemente sería positiva para ambas partes, pero cabe preguntarse si la necesidad no ha nublado la percepción de algunos.
La dependencia que se pueda llegar a tener de China es preocupante pues, cabe recordar, entre otras cosas que, afronta un proceso de ralentización en su economía, es principalmente importador de materia prima, exportador de productos manufacturados a gran escala, sus empresas son infractoras constante de los derechos humanos y las normas del medio ambiente, todos ellos factores de riesgo que deberían ser analizados con cautela por los gobiernos de turno al momento de negociar, ya que su principal deber no es otro que el de velar por los intereses de la nación.