Estimado señor Hildebrandt:
En la edición 277 de su revista, del día 27 del mes en curso, aparece una amplia nota (páginas 10 y 11, con llamada en primera) bajo el título de “El otro mediador de Orellana”, escrito por Sonia Suyón y sobre el cual debo hacer varias precisiones:
En la entrada de la información se afirma: “En el 2005 Hugo Guerra, entonces sub director de El Comercio sacó la cara por quien ya se asomaba como el personaje que llegaría a ser y fue su amistoso intermediario ante el Colegio de Abogados de Lima”. Luego se añade: “¿Quién es Rodolfo Orellana?. Así funcionaba su red delictiva, fue el previsible titular a toda página de El Comercio el 13 de noviembre del 2014, cuando el avezado estafador fue capturado en la ciudad colombiana de Cali. El abogado tejió una red de estafa y tuvo la complicidad de jueces, fiscales y policías”, reseñaba en su bajada el informe sobre la caída de Rodolfo Orellana Rengifo. Lo que omitió el medio en mención fue contar, en honor a la verdad, que diez años atrás, cuando ya cometía sus primeras fechorías inmobiliarias, Orellana contó con un intermediario de lujo, un mediador extraído de la mismísima oficina de la subdirección de El Comercio. Hugo Guerra Arteaga, entonces subdirector del llamado diario decano, sacó la cara por su amigo”.
Falso: en ese entonces no era sub director de El Comercio, pues renuncié al cargo en junio de 2004. Gracias a la acogida de Alejandro Miró Quesada Cisneros quedé solo como colaborador externo, sin ningún tipo de injerencia en la decisiones editoriales. Por tanto, me aboqué a mis funciones profesionales en el Estudio de Abogados Dasch S.A.C., posteriormente llamado Estudio Cunza, de la Torre, Guerra y Solís Abogados y Consultores S.A.C. En esa condición me buscó el miércoles 8 de noviembre de 2005 el señor Rodolfo Orellana Rengifo, a efecto de pedirme el servicio de amicus curiae (no exactamente de mediación) en el caso de su controversia con la directiva del Ilustre Colegio de Abogados de Lima. Como parte del procedimiento habitual efectivamente solicité la audiencia con el entonces decano Marcos Ibazeta, con quien se logró la suscripción del acuerdo que ponía fin al problema de referencia. Preciso que al señor Orellana recién lo conocí cuando pidió mi servicio profesional, por tanto fue simplemente un cliente más en torno de quien no tenía la menor idea de cualquier actividad ilícita. Nunca ha sido mi “amigo”.
Al no haber existido delito ni falta ética de ningún tipo en mi actuación profesional, debo suponer, señor director, que su redactora Sonia Suyón le ha sorprendido al armar una nota con medias verdades y evidente ánimo sensacionalista y difamatorio. Su mala fe queda resaltada, además, por no haber procedido como correspondía: no verificó fechas ni situaciones y tampoco intentó contactarme para tomar mi versión. Eso le hubiese resultado muy sencillo, pues inclusive ha utilizado una fotografía mía tomada de mi página del Facebook.
Después de treinta y ocho años de ejercicio periodístico no seré quien pida una rectificación por vía notarial y mucho menos utilizaré el recurso de advertir sobre una querella. Simplemente confío en que usted, con su vasta experiencia, ordenará las correcciones que correspondan y, ojalá entre estas, se incluya una sanción ejemplar para la señora Sonia Suyón a efectos de que aprenda lo más básico de esta profesión: respetar la verdad.