Ser antisistema siempre ha dado buenos réditos políticos, intelectuales y hasta sociales. Protestar contra el sistema, mantenerse en la marginalidad, ser “underground” es en nuestros días la mejor forma de ganar prestigio en el mundillo intelectual local. Los apologetas del cambio esperan agazapados para colarse furtivamente en las elecciones y ganar adeptos entre los descontentos y hastiados electores de nuestra desprestigiada política nacional.
No los culpo. Al contrario, los aplaudo. Nadie como ellos para poner en jaque el modelo cada cinco años. Expertos polarizadores, se posicionan manejando hábilmente el discurso populista, desatando pasiones, siendo el blanco de las invectivas e insultos de quienes vemos en sus propuestas el salto al vacío, el retroceso y el caos.
Las élites empresariales y los liberales han contribuido a su éxito. Después, de ser los entusiastas abanderados del cambio en los noventa se han convertido en los siniestros guardianes socráticos de un modelo que necesita reformas urgentes. Apuestan por el movimiento inercial y por el piloto automático olvidándose de un país que reclama su liderazgo.
Hay un profundo sentimiento de tristeza y queja por lo injusto que es el Perú, como negarlo, pero no podemos permitir que la desesperación y la impaciencia sean nuestras consejeras.
Seamos serios, y convengamos que estamos caminando por el largo y sinuoso camino del desarrollo y el progreso. No caigamos en la malsana tentación de patear el tablero, de desmontar todo lo construido, porque más ha hecho por disminuir la pobreza el crecimiento económico que las políticas sociales, mejor se ha combatido el desempleo con inversiones que con leyes y decretos, más eficaz para conservar nuestra canasta familiar ha sido una política monetaria responsable que el dispendio y el populismo.