Punto de Encuentro

Máxima Acuña, una mujer que nadie entiende pero que todos aplauden

Una mujer que ha mostrado a un país distinto, a un Perú extraño a nuestra vecindad costeña y cómoda. Vemos en ella la expresión de una idea compacta, cerrada,  muy marcada. Quizás para muchos ella es el emblema o símbolo de la reivindicación social. No obstante, desde mi humilde punto de vista, opino que Máxima ha dejado un sinsabor en su discurso.

Sería bueno resaltar que ella ha sido premiada en un podio construido por empresarios. Por magnates que han forjado su dinero en el intercambio de servicios, la producción y la industria. Ha sido aplaudida por muchos hombres y mujeres que en sus brazos, manos y cuello, llevaban joyas, sortijas, alhajas, gemas, anillos, dijes, todos ellos “objetos muy preciados” que por supuesto provienen de la actividad a la que tanto osan resistirse.

Para mí, la minería no debería ser el eje del crecimiento económico peruano. Sabemos que un país como el nuestro tiene otras salidas que podrían aminorar la huella destructiva de la industria extractiva. Sin embargo, es verdad que su existencia ha servido para sobrevivir por mucho tiempo; y puede que el convivir momentáneamente con ella sea la mejor opción.

Máxima Acuña y el voto de Gregorio Santos (aclaro que no me refiero a Goyo sino a lo que representa para muchos) no es un voto desinformado. No es un voto sin razón alguna. No es un voto lleno de odio o rencor. Por el contrario, creo que es una forma distinta de ver al Perú. Una idea severa sobre la realidad nacional y sobre todo una búsqueda idealista de cómo deberíamos cuidar nuestro medio ambiente.

Sí, amigo mío, yo vivo en la costa. No sé hasta qué punto la minería puede acabar con el ecosistema. Yo sólo sé que me provee de vacantes laborales. Sólo sé que nuestro sistema económico se funda en ella (la mina) y erradicarla significaría pobreza, desempleo, y caos social. Vivo en un mundo paralelo a mi tierra, un mundo que exige la promoción de la inversión sin reflexión de por medio, sobre todo de sus consecuencias a largo plazo; un mundo donde la moneda es el valor más representativo de una nación; un mundo donde la bolsa de valores es el todopoderoso que jamás rendirá cuentas a nadie.

No soy comunista y menos soy un hijo del imperialismo, soy simplemente un joven que no se asombra al escuchar a una mujer serrana expresando sus ideas en el noticiero del fin de semana. Sí, maestro, ella ha dicho que no quiere ingresar a la política pero su activismo tiene eco en el sistema político. Entonces, es allí donde nace el germen que tanto daño nos ha causado como ciudadanos.

La política es la herramienta del buen gobierno. Las elecciones populares y los partidos políticos son los únicos medios idóneos y efectivos para poder ser escuchados. Lo que hemos olvidado es que el parlamento está en la capital y somos un país de mucha diversidad geográfica, por tanto, es primordial la organización popular. Me es triste reconocer cómo los dirigentes han perdido conexión con el pueblo y han dejado que muchos “improvisados” tomen las riendas del país. Muy claro es el ejemplo de la “locura fujimorista”. Casi un 40% del Perú cree que el fujimorismo es la salvación.

Estoy muerto, o es que acaso los limeños o provincianos asalariados no son tan ajenos al criterio que enaltece a Gregorio Santos; puesto que, para mí,  kenyi Fujimori no es tan diferente. El día en que los peruanos sepamos la valía de sostener a nuestras instituciones, recién allí sabremos la fórmula mágica para salir adelante. El Poder Judicial, el Poder Legislativo, La Defensoría del Pueblo, La Contraloría General de la República, entre otros, son la real respuesta. Pongamos más énfasis en el sostenimiento de los mismos y veremos – pronto – a un Estado fuerte y con los suficientes pantalones para enfrentar con hidalguía las distorsiones del libre mercado.

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