Hablar de la maternidad adolescente implica ponernos zapatos muy grandes. Una adolescente embarazada debe enfrentar los temores e inseguridades propias de la adolescencia, y asumir la responsabilidad que conlleva la crianza de un hijo que viene acompañado, en la mayoría de casos, de una injusta y arraigado estigma social a toda mujer que se convierte en madre: debe ser capaz de renunciar y soportar todo por los hijos. Esta exigencia estereotipada, puede resultar una barrera al desarrollo en la etapa adolescente, pues tanto su identidad personal como su capacidad sexual y reproductiva se encuentran en plena construcción.
El embarazo adolescente es una problemática a nivel estatal y social. Según cifras proporcionadas por el INEI, entre los años 2000 y 2014 el embarazo en mujeres adolescentes de 15 años aumentó de 1,0 % a 1,9 %, en las de 16 años fue de 4,7 % a 5,4 %, y en los de adolescencia tardía hasta los 19 años, se incrementó de 22,3 % a 26,7 %. Este incremento se presenta especialmente en grupos poblacionales marginados en un contexto socioeconómico precario en los cuales, a las difíciles condiciones de vida se suma la ausencia de información relevante sobre métodos anticonceptivos, la falta de acceso a los servicios básicos de salud y de educación sexual reproductiva, éste último considerado todavía un tema tabú en muchos entornos sociales.
El Plan Nacional de Acción por la Infancia y la Adolescencia 2012-2021, tiene entre sus metas reducir la tasa de maternidad adolescente en 20%, a fin de conseguir como resultado que “las y los adolescentes posterguen su maternidad y paternidad hasta alcanzar la edad adulta”. Sin embargo esto parece estar muy lejos de lo que indica la realidad, pues no solo las condiciones de vida de las adolescentes no han cambiado, sino que además entre las edades de 12 a 17 años se registran más casos de abuso sexual, en su mayoría en el entorno familiar, victimas que no reciben un tratamiento psicológico permanente, lo cual contribuye al círculo vicioso de la violencia.
Desde hace tres años contamos con un Plan Multisectorial para la Prevención del Embarazo en adolescentes, que está muy lejos de cumplir sus metas al 2021, si es que el Estado no trabaja en la prevención del embarazo adolescente y en crear mecanismos que posibiliten las condiciones de vida necesarias para la madre adolescente, en equilibrio con su desarrollo personal en igualdad de oportunidades.
Adicionalmente, las medidas de promoción de la salud deben tener especial énfasis en la prevención de enfermedades de transmisión sexual y el VIH y especial atención en la prevención de mortandad materna e infantil al momento del parto en las comunidades rurales. De otro lado, en el ámbito educativo, se debe adoptar medidas de reducción de la deserción escolar. Estos temas de acuerdo a las estadísticas, cobran vital importancia.
Finalmente, el embarazo adolescente debe ser abordado como una prioridad desde la sociedad y el Estado. La participación de los padres en la formación de sus hijos en etapa escolar es muy importante, pues la falta de comunicación emocional, entre padres e hijos determina la asimilación de los valores, conductas y actitudes para poder enfrentar un problema como este, no sólo para la madre gestante sino para el padre que también ve alterado su proyecto de vida.
Como sociedad, debemos poner en valor la noble tarea de criar y cuidar a los hijos que toda madre realiza con amor y dedicación pero también, ser conscientes que la mujer no nace sabiendo ser madre, o deseando serlo, pues es una decisión personal que responde a nuestra formación, interrelación y el apoyo que recibamos del entorno familiar y social. Aquí, tenemos una importante labor por realizar.