Punto de Encuentro

¡Preparen, apunten… Juego!

Cuando nos reunimos con amigos durante conversaciones interminables y necesarias para formar opinión, una de las actividades más recurrentes resulta el comentario acerca de dos temas en específico: política y fútbol.

No es difícil darnos cuenta con cuánta emoción se suelen desarrollar estas tertulias que muchas veces resultan interminables y polémicas. En estas reuniones se suele establecer todo tipo de temas y pareceres sobre cada suceso por menor o mayor sea su importancia, defender a muerte nuestra opinión es la consigna y se convierte en una esgrima muy apasionada cada vez que no encontramos a alguien que piense igual que nosotros y es que entrar en el juego de la política es tan parecido como ingresar la política del juego.

Las personas comentan, en más de una ocasión, que no creen en el discurso de un político- peor aún si es en campaña- porque piensan que es puro engaño. Precisamente, es aquí donde comienzan las similitudes con el área lúdica ya que esta situación se asemeja muchísimo a uno de los fundamentos del juego (fútbol y otros deportes) que se conoce como dribling y consiste en eludir al contrario manteniendo perfecto control del balón; vale decir, el futbolista amaga para un lado pero finalmente sale por el otro. Este es un engaño y el engaño es parte esencial del juego; dar a entender que se va a ir por izquierda cuando finalmente se va a salir por derecha, ¿Algún parecido con la política?

El juego es enfrentamiento y esto ha permitido que en nuestra sociedad tengan tanto éxito deportes como el fútbol, básquetbol, vóley, ajedrez, etc. La situación de confrontación es propia del ser humano y la política no está exenta de esta realidad. En todo momento aparece el roce, el golpe bajo, la zancadilla y todo lo propio de una lid más aún cuando se llegan a instancias directas de contacto, por el ejemplo en un debate político, es cuando más notorios se hacen estos tipos de prácticas.

En el debate donde encontramos similitudes con una partida de ajedrez. Los rivales tratan en todo momento de que sus movimientos sean los más correctos e inteligentes, ubicar de forma sabia cada una de sus piezas es el objetivo primordial..

Sin lugar a dudas el juego que más ha trascendido en nuestra sociedad y desde siempre es el fútbol. Reglamentado en Inglaterra en el año 1863 ha trascendido generaciones y se ha convertido tanto en pasión como en odio, en sentido de orgullo y de vergüenza, en producto y en negocio. Pues, en el fútbol la política ha encontrado modelos de organización muy eficaces y por ello los políticos también cuentan con equipos propios, los cuales son presentados con mucho auspicio y fervor frente a una campaña electoral. Se dan a conocer los jales,es decir, los recientes integrantes de bancadas políticas para un futuro cercano lo cual asegura y garantiza lo eficaz que “será” la futura gestión del candidato una vez que sea elegido.

No podemos dejar de incluir a los juegos de azar, los que se encuentran en permanente evolución gracias a los avances tecnológicos de nuestra época. Estos resultan ser peligrosos ya que se puede caer en una adicción patológica conocida como ludopatía y la que también incluye a los juegos electrónicos. Esta actividad consiste en hacer reiterativo y permanente un ejercicio de apuestas y pronósticos hasta que se genera riqueza económica. La persona apuesta a determinado caballo en determinada carrera, esta apuesta queda registrada dentro de un sistema de apuestas que le permitirá cobrar una cantidad determinada de dinero- siempre y cuando-, su pronóstico sea el acertado. El apostador espera impaciente el resultado de su apuesta, emocionado ante el desenlace que favorezca sus intereses, de la misma forma que el votante espera “favorecer” sus intereses con su “apuesta” y así generar riqueza, bueno en este sentido parece que la casa siempre gana.

Lo ideal del juego de la política debería ser que todos se mojen, que todos participen, que todos se diviertan como en los carnavales en donde no hay vencedor ni vencido, en donde todos se divierten y son favorecidos con el calor y color del juego.

Todos se pintan, todos se mojan, todos se embetunan con la realidad, sin rencillas sin rencores, una vez culminado el carnaval; todos se limpian y quedan como cuando vinieron al mundo. El problema aparece cuando el carnaval es llevado a otra atmósfera, es arrancado de la calle y el jirón, y se lleva al salón refinadamente decorado de la política en donde se hace gala de diferentes disfraces y –sobretodo- de máscaras. Formas elegantes y mentirosas en donde se juega a ser quien no se es realmente. En donde se hace pica-pica con las ilusiones de la gente.

Si no promovemos la participación activa del ciudadano en el juego de la política, seguirá existiendo ese espacio donde los políticos danzantes se mojan las faldas de sus disfraces con el agua empozada del subdesarrollo. Ese carnaval donde se manchan sus elegantes vestiduras – hechas para la ocasión- solo para discursos de campaña.

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