Esta semana, mientras viajaba tranquilamente en una couster de servicio público (micro) sin más preocupación en mi cabeza sobre qué iba a cenar retornando a mi casa, somos interceptados por un operativo policial; al parecer, el chofer no tenía al día sus papeles o le faltaba alguno ya que le vociferaba escandalosamente a su cobrador "Chino, pasate 20 luquitas pal tombo". Esta es una escena que se repite infinidad de veces en varios puntos del país, todos los días del año, podría haber sido para mí una de muchas escenas similares, pero particularmente esta me llamo la atención, ya que hasta el policía entendía cuál era el procedimiento para que se consuma la coima.
En el presente artículo, que posiblemente me abarque algunas líneas más de lo normal, y aún así se catalogue como un análisis superficial, les compartiré algunas conclusiones que me llevó la reflexión de este reprochable acto tan cotidiano para el peruano.
Etimológicamente, la palabra corrupción significa: "en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho económico o de otra índole, de sus gestores" (Diccionario de la Real Academia de la Lengua).
Como vemos, esta definición queda corta en la realidad peruana, cuando la corrupción trasciende y se vuelve un elemento subjetivo en la sociedad peruana, que va ligado estrechamente con la cultura de la informalidad.
Pero la pregunta que todos nos hacemos y no encontramos una única respuesta es: ¿En qué momento se jodió el Perú? Algunos dicen que sucedió en el primer gobierno aprista; otros, en el gobierno de Fujimori, pero este mal lleva más tiempo con nosotros de lo que pensamos; a continuación, mi punto de vista.
La corrupción existe desde la formación de los primeros Estados incipientes, cuando los privilegiados grupos humanos que ocupaban un cargo direccionan el hacer del aparato estatal para obtener un beneficio afín a sus intereses, en demérito de las necesidades primordiales del grueso poblacional.
Esto ocurrió durante el imperio incaico, al tener una forma de gobierno autocrática y donde la élite la conformaba un conjunto de familias. Hasta aquí, mal que bien, no había nada fuera de lo común, en comparación con el estado de los reinos europeos.
Llegaron los españoles y la situación se empeoró, al tener a extranjeros gobernándonos, estos saquearon a sus anchas los recursos minerales del Perú sin más límite moral.
Este sentimiento de rechazo hacia la clase gobernante se arraigó en la población al ver que solo se beneficiaban unos pocos, y que ellos mismos tenían que buscárselas para sacar a cuentagotas algunas obras para su comunidad, teniendo que recurrir a veces a la astucia, a la coima y a la "viveza peruana".