Punto de Encuentro

Políticamente devastados

 

En esta semana han sido muchas ciudades del país las que han sufrido los embates de la naturaleza. Ciudades que han vuelto a experimentar la desatención de sus autoridades y la irresponsabilidad compartida. Es inevitable aquello que se manifiesta como acción natural, pero aquello previsible es lo que por responsabilidad del hombre y su diligente accionar, repercuten en las consecuencias y reincidencias que también nos dejan estos desastres.

Esto último, no se centra solo en aquella responsabilidad pasiva del ciudadano sino también en la inacción de las autoridades motivada por una falta de visión y responsabilidad de gestión con respecto al desarrollo de una ciudad más integral, aún en lo precario de sus instituciones.

En algunas instancias del Estado, las responsabilidades no están claras y sus respuestas, tan imprevistas como los últimos huaicos. Nuestras autoridades carecen de un mínimo compromiso sostenible y real con los ciudadanos, sus acciones parecen tener caducidad al empezar los procesos electorales.

En el otro lado del cauce, están los ciudadanos, tan o más vulnerables. Está ahí, el ciudadano que ha visto postergada su opinión y participación en cuestiones y acciones que tienen importante incidencia en su vida diaria, aquel que siente que solo debe hablarle a la autoridad cuando requiere de un beneficio inmediato o un proyecto a corto plazo en épocas de campaña electoral.

Lima y otras ciudades callaron y dejaron que las voces de la improvisación y el populismo hablaran, pero éstas últimas no fueron capaces de callar aquel grito sincero y humano: la voz de sus ciudadanos cansados de lo cíclico en lo nefastamente político.

Nuestras ciudades necesitan integrarse, brindar espacios en donde se discutan nuevas formas de hacer política. La actual gestión de desastres naturales parece solo tener validez en las postrimerías de los hechos. Lo permisible que son nuestras autoridades en el trato contraproducente de los desastres naturales, hacen que estos últimos no sean tan naturales. Atender los enigmas que nos deja el actuar de algunas de nuestras autoridades ante estos y otros hechos tan masivos, es responsabilidad ciudadana.

Los pilares que sostienen el andar y crecimiento de nuestras ciudades, no pueden verse amenazados por los embajadores de la improvisación, por el silencio de sus instituciones; por el contrario, deben protegerse en un presente rediseño de nuestras formas de integración y la capacidad de adaptación de sus reglas de juego.

La tarea pendiente ante tanta destrucción que ha dejado la naturaleza a su paso, es la de un cambio en las formas que los ciudadanos logramos integrarnos junto a nuestras autoridades e instituir reglas de juego que permitan el andar responsable de la gestión de lo político en beneficio de las ciudades y sus habitantes. La forma en la que dan respuesta nuestras autoridades ante hechos y contextos adversos, podría definir la forma en que los ciudadanos los perciben en los próximos años.

 

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