Hace unos días, por primera vez en toda mi vida, pude viajar a la Amazonía. Crecí con cuentos y fábulas acerca de las vivencias en el mundo andino, pero tenía pocos conocimientos de la riqueza cultural de nuestra amazonia. Por casualidades de la vida, gracias a mi Tesis de Maestría, pude acercarme a un campo totalmente desconocido, incluso desde mis tiempos en el pregrado en la PUCP. Hoy, estudio el sector hidrocarburos en el Perú y la problemática de los pueblos indígenas en proyectos extractivos. Esto, motivó mi decisión para conocer una parte de nuestra Amazonía, para ser más preciso, la región Pucallpa. Este viaje fue planeado como unas vacaciones; sin embargo, terminó siendo un aprendizaje sobre la distancia que nos separa de la Amazonía.
Un territorio complejo desde nuestro nacimiento como república independiente; hoy, un territorio a merced de las inversiones extranjeras. Durante el transcurso del segundo día, decidí conocer la Laguna de Yarinacocha, ubicada a pocos minutos del centro de Pucallpa. Conocí a Carlos, un guía que trabaja a tiempo completo para una empresa turística desde hace varios años. Guiado por la curiosidad de investigador, no desaproveché el momento para conversar con él y preguntarle sobre los proyectos extractivos y la situación de los pueblos indígenas. Me contó sobre la existencia de la empresa Aguaytía Energy, dedicada desde 2007 a la explotación de gas natural en la periferia de la ciudad de Aguaytía (ubicado a unas 3 horas de la ciudad de Pucallpa). Me sorprendió esta revelación por dos motivos: primero, porque durante estos meses, en una revisión exhaustiva que he hecho sobre el gas natural en el Perú, todas las referencias académicas hacen mención exclusivamente al Proyecto Camisea; y, segundo, que el gas que se produce en Aguaytia, se destina al mercado interno y externo, pero paradójicamente, los pobladores siguen pagando el costo por un balón de gas, como si lo compraran en Lima.
De hecho, los estudios académicos respecto al sector gasífero, siempre mencionan el caso de Camisea más no el de Aguaytia, que también representa una fuente importante de ingresos para el Estado. Así como captó mi interés el tema de Aguaytia Energy, también pasó lo mismo con el relato de Carlos sobre la posible existencia de pueblos en aislamiento voluntario. En una de sus incursiones hacia la frontera con Brasil, Carlos me comentaba que llegaron hasta la última comunidad de pueblos indígenas contactados. Sin embargo, una de aquellas noches, mientras dormían en la escuela de la comunidad, sintieron que hubo una pelea durante la noche, que duró casi 3 horas. Al día siguiente, los indígenas de la comunidad relataron que, por la noche, atacaron la aldea para llevarse consigo alimentos, utensilios y animales. Esto, sería una evidencia que existen pueblos en aislamiento que se desplazan hacia el este de la región Ucayali
Otra sorpresa durante el viaje, fue poder ver las extensas plantaciones de camu camu, fruto de origen amazónico, muy requerido por los mercados en Europa y Estados Unidos, debido a su propiedad como antioxidante natural. Lo particular de su proliferación, radica en que la industrialización y comercialización del camu camu estará dirigido por inversionistas extranjeros. Lo mismo sucede con la palma aceitera. De camino a la ciudad de Aguaytia, una moderna carretera con un sinfín de curvas, divide centenares de hectáreas exclusivas para este producto. En una conversación con el guía turístico, comentó que gran parte de la producción está bajo capitales chinos, que han visto un negocio rentable en la producción a gran escala con el fin de obtener los derivados de la palma aceitera. Como es evidente, dos recursos originarios de la Amazonía, vienen siendo aprovechados en mayor cuantía por los inversionistas extranjeros, en vez de favorecer a los pequeños y medianos productores.
El centralismo político de Lima, ha estigmatizado el desarrollo sostenible de las ciudades de la Amazonía. Los emprendimientos locales no encuentran apoyo en las entidades gubernamentales encargadas de proteger al productor nacional. Las políticas públicas parecen fallar en impulsar la pequeña industria nacional, lo que denota una falta de iniciativa en las autoridades regionales, en diálogo con el gobierno central. El apoyo con seguros agrícolas, transferencia de tecnología y proyectos sustentables para destinar la producción hacia mercados internacionales, son soluciones al corto plazo, como forma de incentivar la producción nacional. La ausencia del Estado es notable, en una región que parece estar tan lejos y tan cerca a la vez del ansiado salto cualitativo para alcanzar el desarrollo.
No solo estamos perdiendo la Amazonía con la extracción de los recursos no renovables y los impactos ambientales en el territorio y la biodiversidad. También, la estamos perdiendo al no utilizar de manera eficiente los productos naturales para impulsar la creación de una pequeña industria nacional. Si no utilizamos nuestros propios recursos, ¿quién más lo va a hacer?