Punto de Encuentro

Políticamente Ingobernables

 

Nos anticipaba George Orwell que “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. Más aun cuando la hegemonía cultural manipula astutamente la libertad de expresión en un escenario rimbombante de minorías autoritarias privilegiadas, que van tomando guerras asimétricas con respectos a las mayorías. En tiempos donde la dosis exorbitante de constructo social está opacando la luz de la ciencia, a vista y paciencia de la multitud desorientada, es crucial levantar la mirada y buscar nuevamente el horizonte.

Es un acto de rebeldía la negación constante de las nuevas normas progresistas culturales que rigen con autoritarismo maquillado, disfrazándose de patrones positivos para hacernos creer que la nueva moral es la desnaturalización de los valores, aquellos que han seguido un orden desde los inicios. ¿Hasta qué punto la homogeneidad sexual, la normalización del aborto, la victimización extrema del feminismo, la satanización de la tradición, el ataque a la religión cristiana y otras variantes, se convierte en sinónimo de “sociedad ultramoderna”?

Por tal motivo la voz altisonante de aquellos que no aceptan ser gobernados por los nuevos paradigmas culturales, son tildados como reacios y monótonos. Por qué hoy en día defender la tradición y la verdad científica significa convertirse en un ser grotesco que fluctúa fuera de los nuevos estándares sociales, aquello que poco a poco ha sido aceptado por la mayoría como resultado de la carencia de espíritu crítico por su moral simplista. Es así que la ebullición ya empieza a intensificarse porque la temperatura social está alcanzando grados mayores.

Para Agustín Laje y Nicolás Márquez, autores de “El Libro Negro de la Nueva Izquierda” consideran estos apuntes anteriormente mencionados como producto sintetizado que han sido cuajados en el crisol de la izquierda marxista, que sagazmente consiguió reinventarse política y discursivamente para desembocar en un postmarxismo, el mismo que abandonó la lucha de clases para dar origen a la lucha cultural, apoderándose así de las banderas del “igualitarismo” y sus derivados que se proliferan buscando acomodarse en algún aparato y/u organización no gubernamental que les proporcione financiamiento.

Logrando de esta manera dominar las aulas, las cátedras, las letras y los medios de comunicación para ejercer poder desde ahí; imponiendo imperceptiblemente los neocánones culturales que previa deconstrucción y nueva construcción antojadiza, pretenden implantar en el nombre de la “libertad”, una libertad confusa con condicionamiento de aceptación forzosa para seguir la línea de lo políticamente correcto evitando así ser visceralmente cuestionado, por presentar una idea distinta o ser parte de la resistencia que se niega a abrazar la tesis contranatura.

La irreverencia académica de los autores de corte refractario y contundente, cuentan con un vigoroso contenido de argumentos razonables que hacen de sus discursos lógicos, precisiones ampliamente aceptadas que no sólo calan positivamente en las nuevas generaciones sino que remecen la zona confort del status quo liberprogresista, provocando la reacción histérica de los intolerantes que fungen como falsos promotores de la tolerancia, y por su puesto sin olvidar las convulsivas respuestas de los ciberpasquines de líneas cantinflescas.

Y es por eso que Nietzsche decía que “La humanidad no representa, tal como hoy se cree, una evolución hacia algo mejor, más fuerte, más elevado. Lo que ahora llaman "progreso", no es más que una idea moderna y por lo tanto, una idea falsa.” Es así que para ellos, navegar a contracorriente en un nuevo establishment coercitivo, los hace rebeldes a la hegemonía, firmemente conservadores y políticamente ingobernables.

 

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