Lava Jato, Odebrecht y la corrupción en general enquistada en gran parte de nuestros partidos políticos, ha desencadenado no sólo el descontento, sino la animadversión de los peruanos hacia las organizaciones políticas, pues éstos deberían constituirse en los principales enlaces y vehículos de los intereses del país, y que en la práctica no sucede.
Hasta el momento son 20 partidos políticos y 66 movimientos regionales inscritos, según el Registro de Organizaciones Políticas (ROP) y que quedarían aptos para participar en las siguientes elecciones municipales y regionales del 2018. Pero, ¿a qué debería apuntar el Perú en estos momentos?, ¿es saludable para la democracia llenarnos de partidos políticos, sin reformarlos primero?, ¿qué reformas se deben hacer?, son algunas de las interrogantes que nos hacemos a diario.
La democracia cuesta. Los países que han pasado por el proceso de fortalecimiento y que hoy gozan de una democracia alta, saben que nada de eso fue fácil. Casos como el europeo o el sistema estadounidense, han invertido en reformas constitucionales para lograr el estado democrático y el índice de gobernabilidad consolidada con el que ahora cuentan, que va desde un claro financiamiento de sus partidos, plataformas estructuradas y bien definidas, y que el Perú aún ve muy de lejos.
Pero así como se exige un riguroso esclarecimiento del financiamiento público directo, que pasa por no mantener en el anonimato los aportes en campaña y que sean bancarizados, también esperemos que la denominada Ventanilla Única – y que está vigente desde hace un tiempo – realmente filtre y restrinja a aquellas personas indeseables, con delitos en narcotráfico, lavado de activos, trata de personas, y otros.
Empero, la reforma electoral debe ser un conjunto de figuras que den como resultado un cambio integral y coherente. Por ejemplo, no se puede proponer la cuota de género alternada al 50% sino va de la mano con la eliminación del voto preferencial, como tampoco se puede otorgar dinero público a los partidos, sin los ajustes de fiscalización y control.
Asimismo y desgraciadamente tenemos una proliferación de movimientos políticos y un claro debilitamiento de los partidos que llegan al poder, que, al poco tiempo, se quedan sin alcance nacional y vida partidaria. Lo ideal sería - o apuntar por lo menos - a contar no más de 5 a 7 agrupaciones políticas, con programas coherentes y debidamente descentralizados, pues partidos políticos débiles sólo trae consigo fragmentación, gobernantes poco comprometidos y gobernados cada vez más desconfiados, apolíticos y apartidarios.
Cuantos más puntos de vista se tengan en cuenta, más eficaces serán los diagnósticos sobre la realidad nacional, y cuantas más ideas se pongan en juego, más interesantes serán las propuestas para mejorar nuestra mellada política. Por ejemplo, y a mi modesto parecer la Bicameralidad traería consigo una mejora en la calidad legislativa, como en la calidad de nuestros representantes. Serán los políticos quienes sustenten las leyes en la Cámara baja, y los mejores especialistas del país quienes hagan las propuestas desde la Cámara alta. Sin duda, un salto cualitativo en leyes.
Siempre se dice que dentro de los dos años de gobierno, es el momento propicio para debatirse una reforma. No le faltan a la verdad. Los legisladores entran frescos, lo que ayuda mucho al diálogo y a la buena reflexión de los proyectos. Pues, a medida que se acerquen las elecciones, tienden a pensar más “por cálculo político”, que por voluntad política de hacer las cosas bien.
Estaremos atentos al debate de hoy en el Parlamento Nacional, que esperemos sea el reflejo de una madurez política que busque recobrar la confianza en el ciudadano, dejando de lado las agendas de orden popular o demagógicas. ¡Veamos qué pasa!.
Susana Gutiérrez Rivera.
@SuGutierrez_