Punto de Encuentro

Moralidad en una sociedad perversa

11 Junio, 2018

Julio Huayta

´´Asesinatos, violaciones y asaltos: pan de cada jornada´´ apostilla un resignado ciudadano. Sin lugar a duda, lo citado  previamente refleja tan solo algunos de los desdeñables actos que se perciben en nuestra sociedad. Si bien vivimos en un país en transición a consolidarse, lo mencionado en la cita no justifica o da validez a la perversidad que en esta nación impera. Ante esta perspectiva poco favorecedora que se tiene de nuestro país, surge una disconformidad respecto al  rol poco eficiente que está teniendo la moralidad como medio preventivo o regulador de los juicios más íntimos de cada persona.

A lo largo de la historia, muchos filósofos han compartido y declarado distintos puntos de opinión con respecto al tópico de la moralidad. Platón estimaba la moral como el autodominio y Sócrates, como la virtud. Concepciones tan anticuadas y poco pragmáticas han contribuido en el detrimento de la auténtica idea de moral.

Verificar el ideal de moral de un  filósofo contemporáneo como Immanuel Kant, permite absorber una idea mucho más concreta y verosímil. Kant asocia la moral a la voluntad. Esta voluntad tiene como ratio el compromiso y la buena fe de cada individuo en procurar el bien general.

Ahora bien, sabiendo que la moral esta intrínsecamente relacionada a la voluntad, ¿Qué se está haciendo mal? ¿Cuál es la razón teleológica de esta sociedad que se carcome en sí misma? ¿Qué ha sucedido con la voluntad filantrópica de las personas? Lo cierto es que no hay una respuesta concreta para tales interrogantes. No obstante, el punto primordial a destacar es  la degradación moral como una de las tentativas respuestas ante los reprochables actos que constantemente suscitan.

La degradación moral surge a partir de 2 razones claramente definidas:

La primera está vinculada a la poca esperanza que posee la población en que las autoridades encaren las circunstancias perjudiciales que causan mella a la propia ciudadanía. Ciertamente, muchos consideran un lastre la ineficiencia del rol de nuestras autoridades, puesto que genera inseguridad y  menoscaba toda estela de confianza. De ahí que esta sea la principal razón de la degradación moral.

La segunda está relacionada al poco valor que se le otorga a la vida. Verdaderamente, esto es cierto si se parte de la premisa de que las personas actúan irracionalmente debido a que no son conscientes de que todo acto que dañe las buenas costumbres o que perturbe el orden público es punible. Lo cual refleja un gran desdén e  indiferencia ante su actuar.

En conclusión, la moralidad se ha trastornado en un sentido superfluo. Las consideraciones mencionadas en párrafos anteriores no pretenden justificar, ni mucho menos aprobar actos totalmente aborrecibles. Por el contrario,  el prurito es tomar consciencia del papel regulador y eficiente que puede tener la moralidad, siempre y cuando se le dé un eficaz correcto uso.

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