Punto de Encuentro

In Memoriam: Carlos Enrique Melgar

Era martes, el feroz hambre de quien no sabe cuándo podrá comer algo, raramente no despertó a Jorge, quien en la noche había logrado hacerse de un paquete de frutas podridas. Rescató las que pudo, incluyendo varias podridas y se las comió. Durmió recordando sus épocas de “pájaro frutero” que de niño lo hicieron sobrevivir.

Despertó en su covacha, solo, como lo estuvo desde que nació hasta el día de su muerte –nunca supo de su familia- solo, abandonado a su suerte. Despertó con algo de frío, pero con ganas de oír algo de buena música, su pasión. Si bien Jorge era una persona con limitaciones intelectuales y con problemas para la sociabilización, había logrado estudiar algo de música.

El amanecer para el resto de la ciudad de Lima fue muy distinto. Se había logrado identificar al “Monstruo de Armendáriz”, quien había violado y asesinado a un niño de 3 años en la quebrada de Armendáriz en Barranco, donde junto a Jorge, vivían en covachas, varios desposeídos más.  

Para mala noticia de Jorge, el gobierno y los medios de comunicación, lo habían convertido a él en el “Monstruo de Armendáriz”, fue la gran cortina de humo de la dictadura de General Odría para intentar tapar el declive de su ilegal mandato. Pocos días después, Jorge fue violentamente detenido y golpeado por días para que confiese su crimen. Como el sospechoso era afroperuano, no hubo inconveniente alguno para arrestar a varios afroperuanos, hasta dar con él.

Nadie dudaba de la culpabilidad de Jorge, quien ahora, solo y sin oficio, se enfrentaba a la demoledora de carne en que se convierten los medios de comunicación cuando se ponen al servicio del gobierno de turno.

Pero esta vez Jorge no iba a estar solo, el abogado aprista Carlos Enrique Melgar aparecería para demostrar que no habían pruebas para condenarlo, salvo los malditos prejuicios que hasta ahora socavan a la sociedad peruana. Jorge tenía que ser culpable. Había estado preso por robo, no tenía oficio conocido, era “raro” y se mostró violento en el juicio al intentar agredir a un testigo, era un marginal, tenía que ser el culpable.

Su abogado logró que se retirara la acusación de violación porque el examen forense concluyó que el niño no había sido violado; sin embargo, eso a nadie le importó, el gobierno y la prensa habían instalado ya en el inconsciente colectivo que Jorge era violador y asesino. Tras dos años de juicio, fue condenado a la pena capital. Su abogado apeló, no había pruebas, pues todo hacía indicar que el niño había sido atropellado y que había caído por el barranco. Nada de eso importó. Un año después la Corte Suprema rechazó su apelación y en la madrugada del 12 de setiembre de 1957 fue fusilado.

El tiempo le ha dado la razón al abogado aprista Carlos Enrique Melgar y a Jorge Villanueva Torres, quién no debió morir fusilado. Incluso, 60 años después de su indebida ejecución, el Poder Judicial peruano estudió la propuesta de darle una “absolución póstuma”.

Ciudadanos como Carlos Enrique Melgar, son los que marcan la diferencia, los que ayudan a construir un país. Él, peleó solo y sin cobrar un centavo, contra todo un sistema que en base a prejuicios raciales y sociales condenaba a un desposeído. Ese es el Carlos Enrique Melgar que todos los apristas debemos llevar dentro, ese debe ser su mejor homenaje ahora que ha partido físicamente.

Recordar también que fue presidente de la Federación de Estudiantes del Perú, que fue diputado y senador, que fue constituyente. Pero recordar por sobre todo, la defensa que hizo del mal bautizado por los prejuicios raciales y sociales como “Monstruo de Armendáriz”. Porque esa es la labor de todo aprista, luchar contra esos prejuicios, luchar por la Justicia Social.

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