Lejos de casa con algunos días para vacacionar sentí cómo una luz divina me iluminaba con una revelación fulminante: No soy nada sin Google. Pasajes, hoteles, tours, shows, restaurantes, tiendas, rutas, taxis, y pronóstico del tiempo. Busqué absolutamente todo en Google, ¡todo! No pude evitarlo, ¡maldición! (y que me perdone Dios) ¿Es qué acaso no podemos vivir sin este motor de búsqueda?
Atrás han quedado los días en los que abríamos un libro para encontrar una respuesta o hacíamos preguntas a profesores, colegas, amigos y familiares. Hoy ya ni siquiera es necesario levantar la mirada. Google está en todas partes, lo sabe todo, soluciona tus problemas, responde a tus dudas, recuerda tus pasos, nos ve a todos por igual y las pruebas de su existencia son tajantes. Cualquiera pensaría que estamos hablando de un Dios. ¡Oh sorpresa! Google ha sido proclamado como una nueva divinidad (tecnológica) y su religión es el Googlismo.
The Church of Google es un dogma que profesa la difusión de conocimientos a través del uso de Google. Y como no podía ser de otra manera, el Googlismo tiene sus propios mandamientos y rezos:
“Google nuestro que estás por defecto,
santificada sea tu barra,
venga a nosotros tu adsense,
háganse tus búsquedas en la tierra como en el cielo...”. O, “Dios te salve Google, lleno eres de información, el Señor Gates está contra tí, bendito tú eres entre todos los buscadores...”. Estos son solo dos ejemplos. Que Dios nos proteja de tanta locura (o excelente treta de marketing digital).
Lo concreto es que impactantes cifras respaldan al buscador y, como bien enseña la religión, podemos sentirnos culpables. Google tiene más de 600 millones de “fieles” o usuarios, más de un millón de “iglesias” o servidores y centros de datos repartidos por todo el mundo, y es capaz de procesar más de 1000 millones de “oraciones” o peticiones de búsquedas. Para Julian Assange, fundador de Wikileaks asilado hoy en Ecuador, Google es más poderoso de lo que la Iglesia ha sido nunca, y está más centralizado.
Como si se tratase de una homilía, te exhorto a que revises que tan grande es tu fe en este buscador y si vale la pena o no profesar el Googlismo. Paradójicamente redacto esta columna mientras busco datos, reviso mi gmail, peleo con un mapa de Google y veo el viral de un gato bailarín en YouTube. Queda claro que no soy quién para tirar la primera piedra y confieso, finalmente, que no puedo y no quiero vivir sin google. No en estos días. Amén.