Punto de Encuentro

El origen del Estado y su correlato republicano

29 Noviembre, 2018

José Bulnes

El Estado no aparece en la Modernidad, ya existía en tiempos de Solón. Más tarde las guerras del Peloponeso dejan a Esparta el reto de organizar las ciudades-estados de la Grecia antigua. No obstante, el peso semántico del término Estado, ya porque es un entramado de previsibilidad jurídica, o porque regula la interacción social en los distintos estamentos de una Nación, coloca su origen en la Modernidad, la cual aparece en 1532, pero también en 1789, desde 1953 en Egipto, 1949 en China, es decir, la experiencia de la Modernidad ha conllevado el desarrollo de un tipo de Estado porque ha significado, al mismo tiempo, la reivindicación de estamentos o bien no representados, o bien porque buscan injerencia en la forma de acumulación económica de los países. El Estado es una realidad pretérita, pero se actualiza cuando las naciones despiertan su propia conciencia. En efecto, despierta una conciencia nacional, que tiene la forma de reivindicación del Estado Llano en la I República en la Convención de 1792, pero también, y esto es acaso lo más relevante, la efectiva persuasión de que la Divinidad no regimenta un gobierno: El Estado ha significado una crítica histórica de la institucionalidad del Papado, solo el nacionalismo checoslovaco pudo contar con la prédica de Huss. La crítica a la santa institución religiosa, cuando ha coexistido con la aparición del Estado, se ha basado en los principios más caros del Cristianismo, la pobreza evangélica. Entonces, esto puede sugerirnos algo: cuando la emergencia del Estado moderno confluye con la de una corriente nacional, la Modernidad se experimenta como Reforma por lo que la conciencia de sí contenida en la Nación significa un salto hacia adelante en el continuo de la historia.

Sin embargo, también existe un componente cuya razón de ser tiene que ver con la distribución del poder político. La emergencia del Estado moderno significa el desplazamiento de un régimen por otro. La Monarquía de Luis XVI tuvo que ceder al anonimato de un aparato administrativo, pero cuyos principios suscribía la Carta de 1791. La Monarquía habría cedido parte del poder temporal, pero al parecer la gestación de un Estado implica no solo sus guerras civiles (jacobinos, girondinos, montañeses, emigrados), sino también sus guerras externas. Los Patriotas franceses no permitirían que el Rey se coludiera con los emigrados sostenidos de Austria en desmedro de la Nación. Se ha instalado la Convención, comienza el año I de la República, meses después, ésta guillotina al Absolutismo en el cráneo de Luis XVI.

El origen del Estado moderno, así, estaría en función del dónde y el cuándo de la experiencia de Modernidad. Pero conviene establecer un orden de exposición para dar cuenta de lo siguiente: El Estado aparece en medio de la guerra civil porque significa un cambio estructural. Al mismo tiempo que se desarrolla su origen, su explicación se establece (paralela o posteriormente) como un acuerdo, como un Contrato.
Su origen puede rastrearse en la revisión de los casos emblemáticos, Francia, Inglaterra y Alemania. Pero, querido lector, tal vez se arguya que no son todos estos los países que experimentaron la asunción de un Estado, pero sí resultan una pauta para el mundo occidental. Asimismo, la teoría contractualista, desde Rousseau hasta la propuesta de «velo de la ignorancia» en Jhon Rawls, es el empeño teórico en darle una explicación que narre su origen.

Mientras que la República de Francia se reafirma decapitando a Luis XVI en 1793, Inglaterra es República luego de decapitar a Carlos I en 1649, Cromwell asume la dirección de la Commonwealth como Lord Protector. Es decir, República no es sinónimo de Pacto de las partes, sino imposición de la voluntad de una clase sobre otra, la del Tercer Estado sobre el Clero y la Nobleza franceses; de los parlamentaristas sobre los Estuardo. Sin embargo, el Estado se constituye a partir de elementos nacionales, “brota” del mismo territorio. Como casos más emblemáticos podemos referir los nacionalismos de Italia y Alemania. La busca de reunificación de estos dos países recorre la última mitad del siglo XIX y continúa durante la Segunda Guerra.

Un idealista republicano, Giuseppe Mazzini, y un soldado, Giuseppe Garibaldi, detentan la autoría de la República italiana. El primero, un carbonario que instala un República ideal, la “Joven Italia”; el segundo acompañado de sus “mil camisas rojas” logra la unificación, dirige el gobierno de Sicilia, ahuyentando a los austríacos y en piadosa lealtad al rey Víctor Manuel. La unificación alemana es, acaso, la más controversial debido al desarrollo ulterior que significó el ascenso del nacionalsocialismo. Luego de la Primera Guerra, Alemania queda aminorada en su poderío político y militar con el tratado de Versalles. El radicalismo castrense y la emergencia del Comunismo confluyen en medio de una economía inflacionaria. El resultado, la deslegitimación de la República de Weimar, ya por encarnar a los “criminales de noviembre”, ya porque el parlamentarismo no funciona en una sociedad convulsionada, y el inicio del Tercer Reich. Dictaduras, leyendas, populismos, demagogias constituyen el origen del Estado en esta parte de Occidente.

¿Qué acontece más allá? La América ha resultado un enigma para los occidentales. Éstos, han interpretado el enigma de este continente ya desde la Utopía, ya desde el fanatismo, pero las más de las veces, con la distancia y la indolencia de quien considera participa de la Verdad. El Renacimiento significó, entre otras cosas, la conciencia individual. El concepto de individuo o voluntad, al igual que el Estado, es un concepto pretérito. La voluntad, el albedrío, es un valor caro del Cristianismo. Pero en el Renacimiento, esa conciencia es terrenal pero también muy cristiana. La noticia de otras tierras más allá de los mares, no solo significó el cuestionamiento de la forma de la tierra, sino la consternación de que una parte de la Creación no habría sido vista ni hollada por el hombre. Si el móvil de los viajes de exploración por parte de las Coronas de España y Portugal fue la impotencia de éstas en competir con el imperio comercial inglés o la simple apertura de nuevos mercados, su gravedad se suspende, sin embargo, cuando “ven” al hombre del Nuevo Mundo. ¿Cómo registrar en la Religión cristiana esta nueva “creatura”? Entonces la interrogante aparece, diríase que de forma espontánea pero también lógica: ¿este nuevo hombre tiene alma?

Lo que acontece posteriormente es la instalación de un nuevo orden de cosas. Un sistema jurídico por sobre la norma y costumbre oriundas; un Credo por sobre la  cosmovisión andina; un Estado por sobre el Ayllu. Nuestra aseveración es la siguiente: si el Estado aparece, en occidente, como la suma constitutiva de elementos nacionales propios del territorio; en América, el Estado no brota del suelo nacional, sino que se superpone por sobre una tradición y estructura ajenas. En América, el Estado funciona, pero es extraño. Tal vez, podemos considerar, los siguientes momentos históricos en los que aparece esta nueva forma de organización.

Si bien la referencia puede llegar hasta los primeros días en que la Corona de España “invade” estas tierras, no obstante, se está desarrollando una Monarquía, la cual dirige los destinos de sus virreinatos. Luego, las guerras civiles que buscan sacudirse de la Corona abren una estela de autonomía. Pero mientras que en Occidente, la guerra interna era entre jacobinos y girondinos, por ejemplo, en América era una guerra militar entre súbditos y reyes, posteriormente, en 1780, entre indios caciques y criollos. El Estado en América ha devenido en extraño para la tradición Inca; excepto, en el Norte, donde la unión de las Trece Colonias se sanciona en julio de 1776 como respuesta ante las arbitrariedades del Imperio inglés.

Es en el siglo XIX en el que se desarrolla un movimiento independentista. Pero conviene referir un orden de cosas. Hacia 1810 ya se vienen declarando autonomías en la región. Aunque la formación del Estado-Nación se desencadena hacia 1821. El virreinato peruano es neurálgico para la Independencia. Aquí es donde podemos aseverar lo siguiente: el origen del Estado en América tiene alcances continentales, en Occidente, bordes nacionales. Esto originará un debate alrededor de las ideas que posteriormente calan en la región, si el Estado es una estructura foránea, el Socialismo que se teje ya desde el siglo XX, también sería foráneo. Por ello, el origen del Estado en América responde a otras motivaciones, la apertura comercial de los Imperios. ¿Qué decir del proyecto evangelizador? Procura la metafísica y los insumos con los que se construirán las narrativas en la región: el sincretismo religioso de los indígenas peruanos atestigua el acoplamiento de la idolatría inca con la forma cristiana del Evangelio. El Estado peruano desde ese momento, ya no podrá desligarse de esta impronta religiosa, hasta tal punto que informa la propia expresión social del Estado peruano.

Pero habíamos referido que el origen del Estado está en función del dónde y el cuándo de la modernidad. Si bien una diferencia sustancial entre el proceso de origen del Estado en Occidente acusa bordes nacionales, mientras que en América tiene bordes continentales, existe un rasgo que unifica ambas realidades. También en América existen varios momentos de Modernidad. En el Perú, durante el siglo XX, éstos son 1872, 1912, 1931, 1968.

En 1872 asume el gobierno del Estado peruano el primer civil. Un momento de Modernidad, pues se supera una cadena de gobernantes militares, caudillismos enfrascados en guerras civiles. Pero lo singular de esta asunción del gobierno civil es que se da por medio de una institución partidaria. ¿La presencia de un partido político es indicio de Modernidad? No necesariamente, pero cuando procura un salto cualitativo en la historia de una Nación, es una herramienta de la Modernidad. En 1912, no es un partido, sino los inicios del sindicalismo durante el gobierno de Billinghurts. La emergencia de un populismo seminal congrega a las clases trabajadoras. La Modernidad asiste en este caso como reivindicación social. Estas dos primeras fechas no significan que en ellas el Estado recién apareciera, pero sí toma formas más definidas, pues al superar el momento militarista se procuró un camino institucional liderado por los civiles; y el desarrollo de un primer populismo, llama la atención sobre la presencia de capas del Estado que bregan por la tenencia del poder político. ¿Qué significa un Estado, sino la tenencia, justamente, del poder por parte de quien lo dirige? Sin embargo, es útil adicionar un rasgo de todo Estado: el monopolio legítimo de la violencia pública.

Ha sido, justamente, la busca de este monopolio el que habría caracterizado la constante formación del Estado peruano. En 1931 el sanchecerrismo y el aprismo pugnan por este poder. Las motivaciones detrás de cada agrupación oscilan desde reivindicaciones populares  a planteamientos ideológicos novísimos, como el Estado Antimperialista aprista, luego sindicado como agrupación internacional. Pero el trasfondo, es que la pugnacidad obedece a la formación de un Estado-Nación incompleto. Un Estado falente porque su carácter de ser impuesto a una realidad no occidental. Ya Bolivar hacía el diagnóstico de este continente, ausente de cualquier expresión de “Patria”. Había que inventar todo desde cero. Una Nación incompleta porque sus capas sociales no han estado integradas, y con la Independencia, la poca integración se trastoca en rivalidades, ya militares contra civiles, ya indígenas contra criollos.

En 1968 surge, sin embargo, un fenómeno histórico distinto, pero que responde a una demanda señera de Estado y de Nación: el gobierno de Velasco Alvarado. Si el Estado peruano adolecía de homogeneidad de facto o de una narrativa que informe este proyecto, el Golpe de 1968 asumiría esa tarea. Podemos señalar que es desde 1968 a 1975 el período de tiempo en el que el proyecto de formación de un Estado-Nación es palmario y no una escarapela anónima en medio de una institución. El proyecto concluye y arriba en la Constitución de 1980. El monopolio legítimo de la violencia se distribuye en una estructura institucional.

Pero regresemos a la afirmación primera de este escrito. El origen del Estado implica el cambio de un sistema estructural por otro. Aquí, entonces, señalamos lo siguiente: el Estado es la forma, la Nación su contenido. Y,  tal vez, en varios casos, la Nación en tanto contenido, ha sido una Nación Socialista o Liberal. El Socialismo implementado por Lenin en 1917 en la antigua Rusia es un ejemplo de un Estado (forma) que contiene un contenido (el Socialismo) determinado. En 1959, la revolución de Cuba es también un ejemplo de cómo se gesta una Nación sacudiéndose de una dictadura. Es decir, el Socialismo (y sus propias variantes como la Sociademocracia) asisten, en paralelo, a los avatares de la formación del Estado y el correlato de sus reivindicaciones. Por ejemplo, en 1912 y 1931 el Perú asiste a las primeras manifestaciones de la organización de la clase obrera (como resultado de las ideas que habían germinado en la I Internacional), así como la crisis del hegemón oligarca, como manifestación de la reivindicación de capas sociales en busca del poder. Es decir, Estado, Nación y Socialismo (ideología) se concatenan en los momentos en los que un territorio despierta su conciencia, o sea, experimenta la Modernidad.

Finalmente, es muy tentador, concluir con lo siguiente: el origen de un Estado no está exento de la violencia, pues en está génesis de un cuerpo impersonal que administre un territorio, confluyen macrointereses, la ideología de reivindicación popular, que se trastoca en Socialismo o acaso en Socialdemocracia y la “espontánea” formación de una Nación, que puede, tal vez, trastocarse en algo que los más eruditos pueden llamar República.

“Esoj García”

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