El 23 de marzo de 2015 se conmemoró el centenario del nacimiento de Andrés Townsend Ezcurra. Una fecha importante cuya trascendencia ratifica el hecho de que no mereciera el despliegue prodigioso que la prensa suele dispensar a los asuntos más irrelevantes de nuestra vida nacional. No obstante, es bueno que así haya ocurrido. Si el primer siglo de ATE hubiera sido celebrado en medio del bullicio, la algazara y el estallido de fuegos artificiales, no habríamos contado con el silencio que invita a la memoria y a la reflexión sobre una biografía que, al igual que la de Víctor Raúl, su maestro, fue también la crónica de una vida sin tregua.
Uno de los más bellos poemas del Conde de Lemos, don Abraham Valdelomar, es el del hermano ausente en la cena pascual. Habla de una mesa antigua y holgada, de nogal, de la misma blancura del mantel y los cuadros de caza de anónimo pincel, de la oscura alacena y de que todo está igual; pero también de un sitio vacío al que tiende la mirada de la madre y se musita el nombre del ausente, quien no vendrá a sentarse a la mesa pascual; describe suculentas viandas y plácidos manjares puestos por la criada que los deja, casi sin dejarse sentir, sin que en el día haya alegría ni afán de reír que alegraron otras cenas; dibuja a la madre que acaso algo quiere decir, ve el lugar del ausente y rompe a llorar. El centenario de Andrés Townsend tiene mucho de todo eso.
Él, a quien Haya de la Torre prodigó un respeto intelectual que se expresó en las formidables tareas que le encomendara, murió fuera del partido al que abrazó con fe religiosa. Él, que fue aplaudido por su palabra fina y certera, tan valiente como ilustrada, en los mítines Apristas y en el Parlamento por la Célula Parlamentaria Aprista, se convirtió en polvo en viaje a las estrellas que no partió desde la Casa del Pueblo. Él, que nos representó con honor y nos cubrió de brillo en la defensa de los derechos del pueblo, se fue sin el aplauso del dulce pueblo Aprista. Así fue, injusticias de la vida y trucos del destino, el final de la vida de Andrés Townsend.
Fue el extrañamiento final del desterrado más joven de la historia del Perú. Él, que sabía de destierros, no le temió. Lo arrostró con valor. Quizás en el fondo siempre sospechó que un último e irremediable exilio, el que lo pondría fuera de su casa espiritual, habría de serle impuesto por el destino. Él sabía, no obstante, que si era posible ser excomulgado de la iglesia, resultaba imposible ser arrancado de la fe. Él supo definirse, entonces, como un hombre en la fe, pero no en la iglesia. Él no ignoraba que la fe, cuando es genuina, no necesita templos ni depende de iglesias para existir; que la fe se basta a sí misma para llenarlo todo, pues es la fuente de la esperanza y de la caridad. Él no lo ignoraba porque era, por sobre todas las cosas, un hombre de fe.
Hoy, con ocasión de sus primeros cien años de nacimiento y cerca de alcanzar los primeros veintiuno de su desaparición física, quiero destacar su imperecedero ejemplo, la fuerza de su impronta vital, el extraordinario vigor de su pensamiento y el invencible poder de su virtud moral. Andrés Townsend fue un Aprista auténtico. Lo fue en toda la extensión intelectual, espiritual y sentimental de la palabra. Fiel al modelo estoico de Haya de la Torre, fue capaz de arrostrar las más terribles tormentas férreamente asido a su fe en la sagrada perennidad de la causa del pueblo. Leal a las ideas del Aprismo, que abrazara desde su más temprana juventud con voluntad enteriza, se mantuvo firme en la defensa de los derechos de los más pobres, hasta hacerlos reconocer en un pacto universal que ayudó a redactar. Su Aprismo no ofreció concesiones ni a los mismos Apristas.
Quiero evadir los lugares comunes de su temprana adhesión al credo revolucionario de Haya de la Torre. Una adhesión que él mismo describiera nacida de la identificación intelectual que se trocó en adhesión al estilo de pensamiento y de vida que caracterizaba a Víctor Raúl. No voy a hablar sobre su trayectoria vital, ya ha sido descrita con pulcritud, exactitud y detalle por sus varios biógrafos y hagiógrafos. Político, periodista, escritor, orador, parlamentario, diplomático, era un ser polifacético, pero por encima de todo un extraordinario ser humano. Tierno y cálido en el trato, dulce y fraterno en la palabra, docente y decente siempre.
Para tener una idea cabal de su talla, debo reiterar la referencia al respeto intelectual que Haya de la Torre le profesaba. El confiarle la dirección de La Tribuna podría ser suficiente muestra. No obstante, palidece ante los encargos mayores que le reservaba en el futuro. Entre ellos la redacción del discurso inaugural del Jefe ante la Asamblea Constituyente de 1978. Nada más ni nada menos. La razón que dio Víctor Raúl para tal misión, como pueden dar fe los testigos de la época, fue muy sencilla y clara: «Andrés escribe como Aprista». Luego, con el apoyo del propio Jefe del Aprismo, fue encargado de redactar el hermoso Preámbulo de la Carta de 1979. Pocos días atrás, investigando un poco los trabajos de dicho cuerpo constituyente, encontré su palabra brillante y humilde, al mismo tiempo, dando cuenta a sus colegas del fruto de su trabajo. Fue conmovedor repasar ese momento.
No me extenderé, simplemente porque no quiero, en la terrible crisis partidaria de principios de los ochenta del siglo pasado. Saltaré los espantosos momentos que nos cubrieron de ludibrio a todos los que, de una forma o de otra, participamos en ellos. Solamente diré que salimos de tan doloroso trance arrastrando terribles pérdidas, pero entre todas ellas la mayor fue la pérdida de Andrés y de nuestra proverbial Fraternidad Aprista. Una pérdida que hasta hoy se siente, con hombres que se reclaman miembros del Partido del Pueblo y, curiosamente, no dudan en apostrofar, calumniar y vilipendiar a sus compañeros. Tal es la triste herencia de una experiencia todavía pendiente de balance y liquidación.
Tal vez ya sea hora de cerrar ese episodio triste, vergonzoso y preñado de dolor. Creo que la única forma de hacerlo sería darle a Andrés Townsend, en silencio, las satisfacciones que en vida le fueron negadas y que él exigía como único requisito para dejar de ser el hermano ausente. No harían falta palabras ni grandes discursos. Un solo acto bastaría para exorcizar el fantasma del odio cainita que hoy vaga entre los Apristas. Ese acto, único y esencial, que nos devolvería la materia primordial del Aprismo –su Fraternidad– no podría ser otro que colocar en la Casa del Pueblo, entre el panteón de nuestros héroes y mártires, lado a lado, los bustos de Andrés Townsend Ezcurra y Armando Villanueva del Campo, los grandes centenarios de hoy. Anhelo que Andrés deje de ser el hermano ausente y que el alma Aprista cese de mirar el lugar vacío y lamentar su pérdida.